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«Camino» pide ser leído con inspiración y empatía

Guillaume Derville

Etiquetas: Camino
El número tres de Studia et Documenta publica una Nota teológica de Guillaume Derville sobre la edición crítico-histórica de Camino preparada por Pedro Rodríguez. En la siguiente entrevista, Guillaume Derville responde a las preguntas de Læticia Freney sobre la comprensión del mensaje de San Josemaría, su génesis y sus perspectivas. Trabaja desde 1997 junto al prelado del Opus Dei en Roma. Es, además, profesor de teología en el Colegio Romano de la Santa Cruz.


Guillaume Derville
Guillaume Derville
La edición crítico-histórica de Camino, ¿supone una nueva lectura de la obra?
En cierto sentido, sí. La edición crítico-histórica muestra el carácter personalísimo, muy íntimo, del texto. Con Camino, San Josemaría publicó consideraciones que, en gran parte, había escrito para sí mismo y que despersonalizó para el público. Son frases exigentes. Ahora que los lectores conocemos mejor el destinatario originario —el propio autor en persona—, es posible una nueva lectura: nos sentimos empujados a asociarnos a los sentimientos que el santo albergaba hacia sí mismo.
Por otro lado, el comentario de Rodriguez ayuda a entender mejor por qué un libro formado por cortas consideraciones que no son, en general, discursivas, puede remover más o menos: la disposición del lector está vinculada a su fe y es determinante en la comprensión del texto. Por esto hablo en mi Nota de un lectura inspirada y empatica.

¿Se inspira el mensaje de San Josemaría en escritos de otros autores espirituales?
Es humano relacionar lo que uno descubre con lo que ya conocía. Sin embargo, esta lógica tiene un límite por lo que se refiere al pensamiento de San Josemaría. Es díficil tanto encontrar precursores como posibles influencias. En efecto, todo el mensaje queda iluminado por la experiencia del 2 de octubre 1928, por la explosión luminosa del día en que vió intelectualmente lo que el Opus Dei había de ser; después, por los destellos que siguieron, por esas gracias vinculadas al carisma fundacional.
No hablo de fuentes, al referirme a San Josemaría en mi artículo, sino más bien de afinidades y de convergencias; señalo, por ejemplo, en cuanto a la humanidad de Cristo y a sus misterios, la Escuela Francesa de espiritualidad, y a santa Teresa de Avila en lo referente a la mística.

¿Puede hablarse de una teología de San Josemaría?
A eso precisamente trato de responder en el artículo. Rodríguez, en efecto, no deja de subrayar que ciertas experiencias de San Josemaría configuraron el concepto que él mismo tenía de la existencia cristiana. Por ejemplo, la manera en que un día entendió que Cristo atraería todo a Sí, según las palabras de San Juan en el capítulo 12 de su evangelio. Es cierto que sus enseñanzas están teológicamente bien asentadas; transparentan una gran seguridad en la inteligencia de la fe. Pero San Josemaría no escribió un tratado teológico. Pienso que fue mejor así.

¿Por qué?
Porque San Josemaría es ante todo el fundador de una realidad que es una “partecica de la Iglesia” que comparte la misión universal de la Iglesia, y que está llamada a perdurar. Esto pide un mínimo de flexibilidad intelectual. Fíjese usted en los evangelios: no constituyen un tratado sistemático. Si el mensaje del Opus Dei se hubiese encerrado en una estructura teológica muy elaborada, por seductora que hubiera sido, dicha construcción quizá habría acabado por encorsetar el espíritu que San Josemaría consideraba recibido de Dios, que debía transmitir en toda su pureza y que podía, de hecho, permitir diversas conceptualizaciones. La dimensión teológica de los comentarios de Rodríguez dice sin duda algo sobre él mismo y sobre la teología de su época, y no sólo sobre el objeto de su estudio, si bien Rodríguez es prudente y permanece abierto en sus comentarios y en la manera de formularlos.

¿Hay líneas dominantes en la visión teológica de San Josemaría?
Por supuesto. Rodríguez evidencia la antropología de la libertad que subyace en las enseñanzas de San Josemaría, quien siente resonar un himno a la libertad en todos los misterios cristianos. A nivel teológico, se pueden despejar grandes temas. Primero la paternidad amorosa de Dios y la filiación divina, que es su vertiente subjetiva; ése es el fundamento de la vida cristiana y particularmente de la vida de los fieles del Opus Dei, contrariamente a una idea -más o menos difundida en algunos ambientes- que supone que es el trabajo, aunque éste ocupe, ciertamente, un puesto central. Después, la contemplación en medio del mundo y el trabajo profesional, en un sentido amplio, como eje de la santificación, sin olvidar la dimensión secular del apostolado. La referencia a Jesucristo, en su ser Dios-Hombre, inseparable de su función de redentor, está claramente en la base de Camino.

Según el enfoque de Camino, ¿dónde se halla el centro de la vida?
Precisamente en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. El puesto de Cristo es central y actual. Los acontecimientos redentores de la vida de Jesús tienen una contemporaneidad con nuestra vida. Por eso la contemplación es, para San Josemaría, una participación de la vida de Cristo. Sus misterios desde Belén hasta el Gólgota, pasando por el trabajo de Nazaret, están actualizados por la Iglesia en la Eucaristía, centro y raíz de nuestra vida llamada al endiosamiento: la santidad, fruto de nuestra respuesta libre a la obra del Espíritu Santo, es la plenitud de la filiación divina en Cristo.

¿Suponen los santos un “lugar teológico”?
El teólogo será propenso a contestar que hay un abismo infranqueable entre la experiencia y el discurso racional sobre la Revelación. Subrayará este problema epistemológico. Una cosa es seguir un método rigurosamente especulativo y otra acudir a la experiencia.
Sin embargo la inteligencia de la fe supone un encuentro personal con Dios en Jesucristo. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, consideraba que su libro era el crucifijo. Al ser el hombre un ser vivo con una unidad, en construcción constante de su persona —inteligencia, voluntad, sentimientos— podemos hablar de una inteligencia del corazón, para expresar lo más íntimo de la persona, el fondo de su ser. La verdad, la bondad y la belleza de las criaturas remiten a su Autor divino y reflejan su perfección.
En la Carta a los artistas, Juan Pablo II reconoce el valor de la intuición artística para el conocimiento de la fe y piensa que la obra de arte es un verdadero lugar teológico. Ve, efectivamente, que la experiencia humana es un medio, legítimo en cierta manera, para la interpretación teológica.
Por otra parte, en su catequesis sobre el tercer capítulo del Génesis, Juan Pablo II habla de la relación recíproca entre experiencia y revelación. Los santos permiten que con sus vidas entendamos el mensaje de la Escritura, dice Gregorio Magno. La fe es efectivamente doctrina y camino, porque si no sería fe muerta, como dice San Pablo. Por eso se entiende que hoy en día los escritos de los santos susciten un renovado interés.

¿Tiene sentido entonces la canonización de San Josemaría respecto al carisma recibido?
Por supuesto. Tomás de Aquino asegura que el apóstol Tomás se convirtió en un buen teólogo al confesar la verdadera fe, es decir, la humanidad y la divinidad de Cristo. Dicha fe, claro está, tiene que conllevar aquel amor de Dios y del prójimo que el apóstol mostró hasta el martirio. En el caso de un fundador como San Josemaría, encarnar en su propia vida el carisma recibido es algo esencial.
Todo lo “nuevo” en la Iglesia, en la que el Espíritu Santo prosigue su obra, no tiene más remedio que inscribirse en la continuidad, y dicha continuidad, en última instancia, se remite a la persona de Cristo, es decir a la unión personal con Él. Por esa razón, la profecía de Cristo en la montaña – “por sus frutos los conoceréis” — sigue siendo actual para cada uno de nosotros. Un carisma se transmite con la vida y con las enseñanzas, siguiendo el ejemplo de Jesús que, según San Lucas, actuó y enseñó. San Josemaría lo entendía así: antes de hablar a los demás, uno tiene que mostrar sus obras. El primero de los mensajes es el ejemplo. No cabe duda que el grado de unión de San Josemaría con Dios fue esencial para acompañar y dar legitimidad a su discurso y a sus actividades.

¿Por ejemplo?
En 1931 experimentó su condición de hijo de Dios. Dicha realidad —Dios es mi Padre— es la base de toda vida cristiana. Si unimos a esto su lectura de la vida oculta de Cristo como afirmación de la santificación del trabajo en un mundo que salió bueno de las manos de Dios, llegamos, por ejemplo, a un enfoque del trabajo muy sugestivo en la visión global de la creación, de la redención y de la consumación. El trabajo, participación en la creación que sigue haciéndose, es instrumento de salvación y contribuye a la vez a instaurarlo todo en Cristo, a llevarlo todo a un nivel transcendental. Al estar unido a Cristo, centro de la creación y Redentor del hombre, en quien todo será recapitulado, el trabajo de los hijos de Dios lleva todas las cosas hacia Él.

Cuánto más se trabaje, ¿mejor?
Ni mucho menos. El trabajo no es más que un medio, aunque siga siendo siempre una actividad noble. Dios se abaja al tomar nuestra condición humana y, sin embargo, el trabajo del artesano de Nazaret no es en sí un rebajarse, una humillación. Es una actividad santa, divina, eficazmente redentora, unida a la cruz. De ahí que, por ejemplo y para completar mi respuesta sobre la aportación de San Josemaría a la teología, éste rechace la interpretación excesivamente negativa de la kenosis, del anonadamiento de Cristo, como si, en la cruz, el Verbo encarnado, Persona divina, pudiera perder su omnipotencia y su omnisciencia, o como si los treinta años de trabajo manual junto a San José artesano hubieran podido ser degradantes o infamantes. Aquel trabajo era expresión del amor divino, es decir, de la gloria de Dios. De ahí se desprende un enfoque optimista de la vida. Unida a Cristo, la vida tiene una proyección eterna, incluso en las cosas aparentemente más materiales o más insignificantes, incluidas aquellas que son duras, como el hambre, la sed o la falta de un techo, que padecen ahora las víctimas del reciente terremoto en l’Aquila, porque Jesús experimentó todo eso y, en nosotros, continúa experimentándolo.