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Construir el futuro

Silvia Mas

Etiquetas: Jesucristo, Juventud
La sintonía de san Josemaría con la juventud responde a una forma de vida. Josemaría Escrivá mantuvo siempre un espíritu anclado en la alegría de Dios, y su juventud es algo mucho más profundo que los años. Refleja la actitud de quien tiene un motivo por el cual vivir, por el cual darse y existir, y que sabe mirar siempre hacia adelante con ilusión.

Situándonos desde la mirada de Josemaría Escrivá, si le hubiéramos preguntado qué es, o mejor aún, qué debería ser la Juventud, nos habría respondido seguramente, que la Juventud es el mejor momento para buscar y afirmar libremente el sentido de la propia existencia; un tiempo para descubrir los más profundos valores humanos y divinos, y para dar vida a los grandes amores por los que brama el corazón de toda persona; un tiempo oportuno para encontrarse con la verdad y con los ideales auténticos, y para emprender —con corazón magnánimo, sin cálculos mezquinos— aventuras que superarán nuestros sueños más audaces. El joven es imprudente, con una imprudencia que supera con una sonrisa el sacrificio, ama la entrega y no entiende como esta se pueda llevar a cabo sin un compromiso firme y total.

Podríamos decir que la juventud, en sus enseñanzas, es algo que va más allá de los años que, en sí, pueden acompañar y facilitar ese corazón magnánimo, pero es sobre todo una actitud de apertura, de dedicación alegre y generosa, que los jóvenes identifican perfectamente y se sienten interpelados a una vida que rezuma autenticidad, aire puro y genuino.

Ahora bien, ¿vale lo mismo dar cualquier sentido a la vida, buscar y seguir cualquier ideal, cualquier amor, cualquier verdad, cualquier aventura? Obviamente no. Como San Josemaría ha enseñado, el único ideal por el que vale la pena apostar la propia vida no es un ideal terreno, aunque debamos amar el mundo apasionadamente. Ni siquiera se trata de un conjunto de ideales espirituales, por cristianos que sean. Se trata de algo mucho más valioso, y que da valor a todos los demás valores e ideales. Es más, no es "algo" sino "alguien", una persona; Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Afirmaríamos, por tanto, que el núcleo de las enseñanzas de Josemaría Escrivá es "lo de siempre": Evangelio, la doctrina de la Iglesia, en definitiva, lo que conduce a ponerse frente a Cristo, como invitaba el Fundador del Opus Dei, y seguirle muy de cerca, hasta identificarse con El. Esta proximidad, sin lugar a dudas, resulta muy atrayente en cualquier edad, pero en la juventud, etapa de metas y ambiciones grandes, de la búsqueda de un amor por el cual entregarse, resulta una propuesta de especial relieve.

Un rasgo común subrayado por cuantos reflexionan sobre la ayuda de san Josemaría en su formación es que tomarse la vida cristiana en serio, como propone Josemaría Escrivá de Balaguer, supone decisiones medibles: desde el empeño en el trato con Dios, poniendo la cabeza y el corazón, hasta el aprovechamiento de los minutos de estudio, pasando por la amistad desinteresada, siguiendo por tener los ojos abiertos para prestar pequeños servicios a quienes tenemos al lado, trabajar con intensidad [...], por citar algunos ejemplos.

La juventud busca la coherencia y autenticidad que se refleja en una existencia cristiana vivida con plenitud en lo concreto. Ahí esta el punto hacia donde convergen las energías y empieza la ilusión por una vida útil, como sugiere el primer punto de Camino “Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.” Cuando se tiene ante los ojos el panorama de una vida y, además esta vivida en Cristo, es lógico que surja la sana inquietud por la utilidad, no sólo por el simple hecho de dejar en la tierra algún rastro de nuestra existencia, sino por el deseo de llegar más lejos, dando luz y sembrando el bien en abundancia y generosamente.

Esta siembra se caracteriza por el deseo de compartir y de dar de si mismo porque “el cristiano no puede ser egoísta; si lo fuera, traicionaría su propia vocación”.
Otro punto de Camino es el que se refiere al estudio: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración», que se situa en una doble dimensión: por un lado, hace referencia a la tarea que ocupa a muchos jóvenes, y que se conjuga además con el interés por ser responsablemente conscientes de lo que significa aprender bien una ciencia, un oficio, un arte para poder ser útiles a la sociedad, y aplicar también la inteligencia para profundizar en el conocimiento de Dios y de tantas realidades vitales, para llegar a ser, de este modo, hombres y mujeres con discernimiento y con hondura de convicciones, huyendo de toda superficialidad, que no es propia de un cristiano.

La mención de ese punto sobre el estudio enlaza pertectamente con un nuevo rasgo que podríamos definir como la "actitud de sorpresa" ante la santidad: el maravillarse ante esa aventura cotidiana que consiste en convertir en divino un día normal y corriente, y en este caso, la actividad que ocupa muchas horas de la jornada de muchos jóvenes como es el estudio. Esta "actitud de sorpresa" conduce a una alegría contagiosa; es la alegría de quien sabe que Dios está pendiente de cada uno en singular. Y el asombro crece al darse cuenta que Dios no está lejos, donde brillan las estrellas [...] (cfr. Camino, 267), sino al lado, tan cerca que casi se le puede tocar, y además con el amor de un Padre que espera constantemente nuestro trato y afecto. Este sentido positivo, de contento ante una existencia vivida de la mano de Dios, está presente en los escritos y en las enseñanzas de San Josemaría. Una alegría que, a su vez, se refleja en buen humor y optimismo.

La sintonía de san Josemaría con la juventud, su diálogo con los jóvenes, responde a una forma de vida: si hay jóvenes que pueden ser apáticos, porque no tienen motor alguno que los mueva, hay personas adultas que pueden ser jóvenes. Josemaría Escrivá mantuvo siempre un espíritu anclado en la alegría de Dios, y su juventud es algo mucho más profundo que los años: es, como hemos mencionado, un espíritu. Refleja la actitud de quien tiene un motivo por el cual vivir, por el cual darse y existir, y que sabe mirar siempre hacia adelante con ilusión, y mirar sobre todo hacia el amor. Como afirma María Casal: «La juventud sueña con el amor. Un amor puro y grande, que no traicione, que no se acabe nunca. San Josemaría lo había encontrado en Jesucristo, y empleó toda su vida en hacerlo descubrir a otros». Por eso, junto con su propia experiencia, sabe dirigirse a los jóvenes y a los que, superando los años, tienen un corazón dispuesto a amar.


Silvia Mas, Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. VIII Juventud: construir el futuro, EDUSC, 2003

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