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Testimonios

Construyendo una cultura de la vida

Dolores Voltas Baró, médico endocrinólogo, Vocal de la Sociedad Catalana de Bioética, España

1 de enero de 2002

Etiquetas: Familia y profesión, Hijos, Matrimonio
En 1954 empecé la carrera de Medicina en la Universidad de Barcelona. Mi hermano mayor me animó para que el año siguiente me trasladara a estudiar a Navarra, donde comenzaba una universidad nueva; y me entusiasmé. En realidad, no era todavía universidad.

Mi hermano, médico recién licenciado, me presentó al Prof. Jiménez Vargas, que después de entrevistarme, me ofreció un trabajo en Pamplona en el Departamento de Fisiología Humana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Esto me permitiría costearme la estancia allí. Además, solicité matrícula gratuita, que me concedieron por buen expediente académico.

Dos años después volví a Barcelona para terminar la carrera. Pero recuerdo como si fuera ayer varios sucesos de aquellos dos años en Pamplona, que orientaron y marcaron mi vida para siempre.

Mi trabajo en el CSIC no tenía mucho que ver con la importancia de su nombre: empecé abriendo cajones de madera repletos de material de laboratorio y colocándolos en repisas de ladrillo que antes tuve que limpiar.

Colaboré muy activamente en la preparación del cadáver para las primeras prácticas de Anatomía de mi propio curso —la primera promoción de médicos de Navarra—, y ayudé también en la preparación de las primeras prácticas de Fisiología con animales. Así aprendí con rapidez y de modo práctico que todo lo grande empieza siendo pequeño. Y descubrí algo nuevo: que el trabajo que siempre había considerado importante, podía ofrecerse a Dios.

En mis ratos libres, mecanografiaba el manuscrito de un libro sobre la Virgen, que escribía un sacerdote del Opus Dei, y fui, por tanto, la primera en leerlo. El libro mostraba con claridad que la vocación de cristiano es una llamada de Dios. Está empapado de las enseñanzas de san Josemaría y me mostró el modo concreto de ser una buena cristiana. El autor me preguntó mi opinión sobre el libro y después me dijo: “Yo, de ti, me echaría a nadar como los patos”. Supe un tiempo después que ésta era una manera coloquial que san Josemaría Escrivá usaba para animar a confiar en Dios, a no tener miedo ante las dificultades.

Ya me había familiarizado con el espíritu de san Josemaría cuando me hice novia del que después sería mi marido. Nos había presentado mi hermano médico, que era compañero suyo de carrera. Nos casamos en 1962, un año después de licenciarme. Participé mi boda al fundador del Opus Dei.

Al regresar del viaje de novios, encontré una carta de su parte desde Roma, en la que enviaba su bendición para mi nuevo hogar. Comprendí que el matrimonio era importante, muy importante. Lo sabía, pero que san Josemaría contestara, y a vuelta de correo, me impresionó mucho.

Pocos meses después, tuve la suerte de conocerle en Barcelona y de que diera una bendición especial a las que esperábamos un hijo. Yo estaba embarazada del primero; luego vinieron otros seis.

Siempre tengo presentes unas palabras suyas referidas al amor de nuestros padres: “Yo bendigo ese amor con las dos manos, y cuando me han preguntado que por qué digo con las dos manos, mi respuesta ha sido inmediata: ¡porque no tengo cuatro!”.

En esas mismas fechas, durante una catequesis por España en 1972, tuve ocasión de pedirle consejo para mantener un equilibrio entre el trabajo del hogar —la profesión del hogar— y otra profesión. Y me contestó: “Si lo preguntas, es porque te preocupa y lo estás haciendo bien”. Sus palabras me animaron a seguir haciendo lo que hacía; y quizá no fue tanto por las palabras concretas, sino por la confianza que me hizo sentir.

Muy pronto mi esposo y yo empezamos a dar sesiones de preparación al matrimonio a parejas de novios en varias parroquias de la Archidiócesis de Barcelona. Lo hicimos durante más de diez años. También procuramos colaborar al máximo en los colegios de nuestras hijas y nuestros hijos: formando parte de la junta directiva, dando sesiones a padres, profesores y alumnos.

Yo había dejado pronto el ejercicio de la Medicina para dedicarme a mi familia, pues médicos hay muchos, madre de mis hijos sólo yo. Busqué la manera de transmitir a los hijos de otros lo mismo que intentaba transmitir a los míos.

En el colegio de mis hijas empecé a dar unas clases a las adolescentes, que ellas llamaban ‘clases de amor’; y antes me reunía con sus madres. Josemaría Escrivá decía a veces que él había “matado muchas cigüeñas”, refiriéndose a la necesidad de formar con claridad, con limpieza a los adolescentes en este campo, y a esa formación he procurado contribuir.

Creo que las enseñanzas de san Josemaría me han ayudado a lo largo de mi vida a ir tomando decisiones y a asumir tareas favorables a la vida. No es que de la noche a la mañana me haya dedicado a construir una cultura de la vida. Sino que el espíritu de servicio, el afán de hacer las cosas bien, esos ánimos para ser útiles y dejar poso, que Josemaría Escrivá difundió, hacen que una empiece a complicarse la vida poco a poco.
Una cosa te lleva a otra y cada vez te sientes más preparada para ayudar a los demás.

Mientras iban naciendo mis hijos, estudié para titularme en una especialidad médica que me permitiera trabajar manteniendo la dedicación a mi familia, y lo logré. Empecé a ejercer de nuevo la Medicina hace 25 años. Y hace 25 años también, promoví junto con mi esposo y con otras personas la primera Asociación Pro Vida en España.

Tenía un buen aprendizaje. Había comenzado a construir una cultura de la vida “desde sus raíces”, como dice el Santo Padre Juan Pablo II: el matrimonio, las relaciones conyugales, educar a los hijos propios y ajenos para el amor. Me faltaba la ayuda directa a las madres con dificultades por motivo de su maternidad; y no sólo dificultades materiales, que siempre tienen solución. Me refiero sobre todo a las mujeres que piensan que un hijo estorba sus planes. Pero esto exige una acción en paralelo en los lugares de elaboración del pensamiento, de la investigación, del mundo académico. Esto le toca a otros. A mí me toca estar en el Colegio Profesional, fomentar más asociaciones cívicas que promuevan una cultura de vida.

Desde hace 20 años pertenezco también a la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Barcelona.

Con perspectiva se comprueba la importancia de “estar” en los lugares en que nos corresponde: primero, en mi casa, con mi marido y mis hijos; luego en los colegios; después, en la profesión, ejerciéndola en el colegio profesional, en los puestos donde se toman decisiones; y en la sociedad en que me ha tocado vivir, asociándome con otras personas, ciudadanos que como yo quieren alcanzar objetivos concretos. En mi caso, esos objetivos son: ayudar a madres y familias en dificultades, y promover una cultura de respeto a la vida.

El haber estado en el lugar conveniente, en el momento adecuado da sus frutos. En estos años he podido ayudar a miles de madres que han podido tener y amar a sus hijos y a muchas mujeres que han perdido el miedo a la maternidad. Actualmente existen en España más de 30 asociaciones en defensa de la vida humana, unidas en una Federación de la que soy Secretaria General.

He tenido ocasión de hablar y promover el respeto a la vida en radios, televisiones, foros universitarios, escuelas, centros culturales, reuniones políticas. Y de debatir y relacionarme con personas que promueven una cultura de muerte, con quienes he procurado siempre hablar con claridad, pero sin herir. Nunca con odio o falta de respeto, esforzándome por hacer amable la verdad. También he publicado artículos y entrevistas en prensa escrita.

En las reuniones de trabajo de la Comisión de Deontología y Ética Profesional, he tenido muchas ocasiones de dar mi opinión. He tenido que documentarme bien, estudiar. Decir la verdad sobre determinados temas muy cuestionados hoy en día es a veces costoso: hay que ser firme, incluso audaz. No se trata de decir la verdad porque es tuya, sino porque tú te has adherido a ella y otras personas la hacen suya también cuando tú has empezado a hacerlo. La gente necesita que alguien rompa el hielo hablando con claridad sobre estas cuestiones.

Hay cosecha, hay que seguir poniendo la semilla, hay que trabajar un poco la tierra, pero desde el Cielo llueve: contamos con la ayuda de Dios. No pienso continuamente que mi premio será la felicidad eterna, aunque lo haya considerado en muchas ocasiones. San Josemaría decía que “Dios nos quiere felices aquí en la tierra”. Sólo lo seremos viviendo una vida cristiana coherente en los ambientes en los que nos toca vivir y trabajar.