PortadaNoticias¿Cómo es posible sufrir tanto y sonreir?
Noticias

¿Cómo es posible sufrir tanto y sonreir?

4 de septiembre de 2009

Etiquetas: Agradecimiento, Alegría, Comprensión
La aventura empezó hace unos meses cuando nos confirmaron que en julio podríamos participar, desde Suecia, en el campo de trabajo en Udbina, un pueblo de la región de Lika, en Croacia, donde se viven las consecuencias de la última guerra. La decisión de poner en marcha esta iniciativa nació de unas palabras de san Josemaría que he meditado muchas veces:

Hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación.

Un grupo de universitarias de Estocolmo y de Malmö estaban dispuestas a ir al encuentro de personas que necesitaban compañía, cariño y alegría, en el tiempo de sus vacaciones.

El 19 de julio por la mañana, en Zagreb nos esperaban las chicas croatas que también participarían en el voluntariado, y se nos unirían en Udbina las que viajaban desde Inglaterra. Éramos treinta y dos las que compartiríamos por esos días aulas de un colegio como dormitorios, sacos de dormir como camas, una desafiante organización para turnarnos las pocas duchas que había, y un horario que incluía la preparación de nuestros alimentos: desayuno, almuerzo y cena, y la limpieza del colegio que fue por esos días nuestro hogar.

Por las mañanas trabajamos con personas mayores que, por lo general, vivían solas y muy pobremente en el campo, con pocos o ningún recurso material. Personal de la Cruz Roja nos acompañaba y orientaba en el trabajo que realizamos: limpiar casas, pintarlas, lavar platos, preparar comida y acompañar ancianos. Una dificultad que pudimos sortear con la ayuda de nuestras compañeras croatas fue el tema del idioma: ellas nos traducían todo.

Las personas mayores necesitaban hablar, contarnos sus vidas, su sufrimiento. Una de nosotras comentó en algún momento: “¿Cómo es posible sufrir tanto, y seguir viviendo y, además, sonriendo, sin rencor?” La guerra ha dejado una profunda huella de dolor que en esta tierra se percibía. Por esto nos dimos cuenta de que más allá del trabajo material de limpieza o pintura que realizábamos, lo que las personas esperaban de nosotras era atención, que les hiciéramos caso, que las escucháramos.

video

Por las mañanas nos turnábamos para ir a un asilo de ancianos, y por las tardes, con los pequeños, ante todo jugábamos. Entre todos preparamos lo necesario para el “gran show final” que presentaríamos a los ancianos del asilo, al personal que trabaja ahí y a toda la gente del pueblo que quisiera asistir.

Al caer aquella tarde de julio en que presentamos el show, todas teníamos el mismo sentir. Estábamos cansadas por el trabajo hecho, pero con el corazón lleno de agradecimiento. Entre nosotras mismas había nacido un sentimiento de admiración de unas por otras. Nos impresionó, al trabajar codo con codo con las jóvenes croatas, su reciedumbre y su generosidad. El comentario espontáneo de las otras participantes fue: “Son de quitarse el sombrero, he aprendido mucho viéndolas trabajar y servir, siendo las primeras en los trabajos más difíciles y menos agradables”. Nosotras habíamos viajado porque queríamos ayudar, hacer un cambio en la vida de alguien; sin embargo la ayuda y el cambio se produjeron en nosotras al estar en contacto con la necesidad del otro.

La actividad que tuvo un éxito inesperado fue el concurso de diseños, sobre las camisetas y abanicos.

video

Además, había sido un modo sencillo de involucrar a más gente de Suecia en el proyecto, ya que nos facilitaron camisetas y otros donativos.

Han pasado algunos días desde que regresamos, y nos hemos reunido para ver fotos y videos, recordar lo vivido, reírnos del susto que pasamos cuando el de la Cruz Roja nos dijo que por donde estábamos caminando había serpientes y que teníamos que tener cuidado, etc. Priscilla comentaba la dulzura de los ancianos, las ganas de vivir que transmitían. Todas hemos flexionado sobre las comodidades que tenemos y cómo a veces pensamos que se necesita más y no es así. Catherine dijo: “Cuando llegué a casa, me di cuenta que había estado todo este tiempo sin Internet y sin usar el celular, y no pasó nada”.
Al iniciar el viaje sabíamos que no podríamos cambiar la situación de estas personas, pero que algo podríamos ayudar. Fuimos para dar “algo” y ellos nos dieron a nosotras mucho más. Hemos aprendido lo que no enseñan los libros, ni los profesores.

Durante todo el tiempo, pedí a san Josemaría que esos días dejarán un rastro perenne, como él sugería: Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo.

Monick Tello
Estocolmo, Agosto 2009