PortadaDocumentaciónArtículos y EstudiosEl espíritu de la juventud en san Josemaría
Documentación
Artículos y Estudios

El espíritu de la juventud en san Josemaría

Alejandro Llano

Etiquetas: Formación, Juventud, Opus Dei, Universidad
Entre los fenómenos más característicos y menos estudiados del siglo XX —en el que se despliega todo el arco de la vida de san Josemaría— cabe señalar el nuevo papel cultural y social que la juventud recibe y asume. En líneas generales, se puede decir que los jóvenes llegan a adquirir en esta centuria un carácter paradigmático, desconocido hasta entonces. Y, lo que resulta aún más insólito, a este proceso se le ha atribuido un año y hasta un mes de referencia: mayo de 1968.

El movimiento que se sitúa en tales fechas presenta una índole revolucionaria, de manera que solemos referirnos a él como a la “revolución estudiantil del 68”. Lo extraño del caso es que se trata de una “revolución retrasada”, que acontece cuando la época revolucionaria ha visto ya su final. Y, al mismo tiempo, se puede registrar la paradoja —señalada lúcidamente por Fernando Inciarte— de que en algunos de sus aspectos (el sexual, sobre todo) se trata de la única revolución que responde al modelo genuinamente marxista, según el cual es una mutación en el entramado tecnocientífico (estructura) el que da origen a un cambio drástico en las relaciones sociales (superestructura).

Según ha advertido Hannah Arendt, la idea de revolución es típicamente moderna, porque responde a un modelo lineal y progresivo del tiempo que sólo llega a calar en la conciencia europea a comienzos de la Ilustración. Pero también en la época clásica, cuando el esquema temporal presentaba un carácter circular, se pueden registrar algunos rasgos que aparecerán siglos más tarde en el planteamiento genuinamente revolucionario. Y esto es, sorprendentemente, más válido para Roma que para Grecia. Se trata, sobre todo, de la ininterrumpida comparecencia de los jóvenes (los neoi) en la esfera pública, con todos los cambios de mentalidad que tal irrupción lleva consigo. Sin embargo, la propia concepción cíclica del devenir temporal provoca que las novedades que la juventud aporta sean previsibles y repetitivas. La juventud es para los clásicos una especie de enfermedad —caracterizada por la inmadurez y la falta de experiencia— que el propio paso del tiempo que la provoca acaba por curar.

Sólo la novedad asociada a la moderna idea de revolución implica una innovación radical, vinculada a la originalidad y emergencia que se asocian con el futuro. Así como para Platón lo óptimo se hallaba siempre en el comienzo, ahora el futuro es la época de lo mejor y sus protagonistas son precisamente los jóvenes. No sólo todo tiempo pasado ha quedado obsoleto, sino que el presente mismo ya nace viejo, porque todavía es más un hijo póstumo del pretérito que un germen del porvenir. Aunque el inicio de tal valoración modernista se pueda ya detectar en el Romanticismo, la concepción tradicional sigue siendo sociológicamente válida en muchos aspectos hasta, digamos, mediados del siglo XX. A partir de entonces, tal planteamiento del historicismo vuelto hacia lo pretérito se verá desplazado por el futurismo de Heidegger, en quien la primacía de la proposición ‘desde’ queda sustituida por la preeminencia de la proposición “para”. Si el término de esta proyección hacia el futuro no era para Martin Heidegger otro que la muerte (el Dasein como Sein zum Tode), Herbert Marcuse, el pensador que más directamente influye en la revolución del 68, afirma que la meta viene dada por el final de la utopía, no en el sentido de su desaparición o acabamiento, sino en el de su efectiva realización y, por lo tanto, en el del cese de su carácter utópico.

En la línea del marxismo más clásico, en los años setenta se avizora que la utopía se realizará por la abundancia de bienes de consumo, de modo que ya no haga falta el dominio del hombre por el hombre, sustituido ahora por el dominio que el hombre ejerce sobre la naturaleza. Estamos, por lo tanto, ante el consumismo hedonista, unido al permisivismo sexual facilitado por la difusión de los medios anticonceptivos y la crisis de la formación ética en muchos centros educativos. Esto último viene provocado por la pérdida de la autoridad que disfrutaban las generaciones maduras, las cuales se consideran imposibilitadas por su propia mentalidad para conectar con las nuevas tendencias que apuntan hacia un futuro totalmente nuevo.

Si estos rasgos siguen agresivamente presentes hasta hoy mismo, ¿por qué constituye un tópico la idea de que “el 68 fracasó”? La respuesta a este interrogante apunta a que se esperaba de una revolución cuyo desarrollo y desenlace fue completamente atípico, lo mismo que se había visto que resultaba de las revoluciones convencionales. Son éstas y no aquélla las que realmente han fracasado, lo cual es especialmente cierto para el caso de la Revolución francesa, a la que se puede aplicar plenamente el axioma de que la revolución devora a sus propios hijos, aunque tal vez fuera más exacto decir que devora a sus propios padres. En cambio, el 68 opera un profundo cambio de mentalidad que perdura reforzado hasta nuestros días. Como insistíamos los que participábamos en aquellas jornadas de protesta, no se trataba en modo alguno del intento de cambiar la política y la economía, sino más bien de la pretensión de situar la política y la economía en el lugar derivado que les corresponde, y abrir camino a un modo más libre y espontáneo de vivir la propia existencia. Comenzaba a comparecer un aspecto de la cultura postmoderna, al que alguna vez he denominado “nueva sensibilidad”. Naturalmente, este cambio de fondo era entendido de manera muy diferente por sus diversos protagonistas, y algunos pensamos hasta el día de hoy que las tendencias que prevalecieron no fueron precisamente las más positivas desde un punto de vista cristiano. Pero no es propósito de esta comunicación desarrollar un juicio de tal tipo.

Lo que aquí nos interesa es subrayar que el período fundacional del Opus Dei, transcurrido entre 1928 y 1975, coincide —al menos en buena parte— con una fase histórica en la que las jóvenes generaciones pasan a la vanguardia de la actividad social y cultural. (Recuérdese, por ejemplo, la significativa y equívoca influencia del Jugendbewegung). Lo cual concuerda providencialmente con la especialísima preocupación que san Josemaría tiene por la formación de la juventud y, en especial, por la participación de los propios jóvenes en la maduración cristiana de sus coetáneos. Como en otros muchos rasgos del espíritu del Opus Dei, tal planteamiento no responde, en modo alguno, a un oportunismo histórico, ya que comienza antes de que el apuntado fenómeno se manifieste a las claras y permanece sin variaciones sustanciales hasta el momento presente, cuando —a pesar de la pervivencia virtual de aquellas mutaciones— son pocos los que actualmente guardan memoria de ellas.

Por otra parte, ya en una entrevista concedida en 1967 a una revista universitaria, san Josemaría prevenía a los estudiantes acerca de las limitaciones de una superficial inquietud por la solidaridad social y de los riesgos que lleva consigo la politización de la Universidad: «Muchas veces esta solidaridad se queda en manifestaciones orales o escritas, cuando no en algaradas estériles o dañosas: yo la solidaridad la mido por obras de servicio, y conozco miles de casos de universitarios españoles y de otros países, que han renunciado a construirse su pequeño mundo privado, dándose a los demás mediante un trabajo profesional, que procuran hacer con perfección humana, en obras de enseñanza, de asistencia, sociales, etc., con un espíritu siempre joven y lleno de alegría»1. Especial actualidad en la España de finales de los sesenta tenían estas palabras suyas: «Si en un país no existiese la más mínima libertad política, quizá se produciría una desnaturalización de la Universidad que, dejando de ser la casa común, se convertiría en campo de batalla de facciones opuestas.

»Pienso, no obstante, que sería preferible dedicar esos años a una preparación seria, a formar una mentalidad social, para que los que luego manden —los que ahora estudian— no caigan en esa aversión a la libertad personal que es verdaderamente algo patológico. Si la Universidad se convierte en el aula donde se debaten y deciden problemas políticos concretos, es fácil que se pierda la serenidad académica y que los estudiantes se formen en un espíritu de partidismo; de esa manera, la Universidad y el país arrastrarán siempre ese mal crónico del totalitarismo, sea del signo que sea»2.

La inquietud de Josemaría Escrivá por la formación cristiana de la juventud responde, radicalmente, a su conciencia fundacional de la llamada universal a la santidad, sin distinción de profesiones, condiciones sociales o edades. No considera que la edad juvenil sea exclusivamente una época de preparación para una fase de madurez en la que propiamente se habrán de ejercitar las virtudes humanas y sobrenaturales. Es preciso practicar tales virtudes ya, desde que el uso de razón empieza a permitir una dirección autónoma de la propia existencia. La llamada a la santidad personal comienza a encontrar un eco en nuestros oídos desde la adolescencia, desde la infancia incluso. Cuando me acerqué por primera vez a la sede de un Centro del Opus Dei, a los trece o catorce años, oí por vez primera hablar de la santidad cristiana, no como un ideal que algunos —muy pocos— llegarían a alcanzar en su madurez o ancianidad, sino como una exigencia perentoria que se me planteaba a mí mismo cuando apenas empezaba a considerar que ya no era exactamente un niño, aunque casi todos los que me rodeaban me trataran como a alguien sin especiales responsabilidades.

Fue entonces, por ejemplo, cuando algún otro chico de mi edad me habló de que él hacía todos los días un cuarto de hora de oración mental —siguiendo de cerca los Evangelios o algunos puntos de Camino— y me animó a practicar yo mismo esa piadosa costumbre, no por tradicional menos olvidada entre la gente joven ya en aquellos años. Era a mediados de los cincuenta. Por el régimen autoritario al que España estaba sometida durante aquel tiempo, no era frecuente que se hablara en público —ni siquiera en pequeños grupos— de cuestiones políticas, ideológicas o simplemente culturales. Me entusiasmó que en aquel diminuto piso de la calle Padilla, casi esquina a Serrano, dentro del madrileño barrio de Salamanca, se comentaran con toda libertad y respeto a las opiniones personales algunos temas —como podía ser la entonces naciente Comunidad Europea y la posible integración de España en ella— de los que yo no tenía ni noticia. Desde un enfoque casi exclusivamente devocional del cristianismo, bien arraigado en el ambiente de mi familia y del colegio, empecé a asomarme a sus dimensiones históricas y sociales, y muy especialmente a adquirir poco a poco conciencia de que los laicos cristianos tenemos una responsabilidad en el libre encaminamiento de la vida pública de los respectivos países. Pasado casi medio siglo desde entonces, puedo afirmar que aquellas semillas que entonces recibía con curiosidad sorprendida han tenido una importancia clave en la formación de mi personalidad.

Aún recuerdo en aquel ambiente de gran nivel intelectual algunos ponderados comentarios acerca de los incidentes universitarios que se produjeron en 1956, y que pueden considerarse como los primeros avisos de la explosión de inquietudes estudiantiles que se producirían en la segunda mitad de los años sesenta y primera de los setenta, en conexión con la problemática menos crispadamente política de otros países europeos y americanos, a la que he hecho inicialmente referencia. Sin pedantería ni pretensiones dogmáticas, jóvenes que contaban pocos más años que yo, participaban —no sin riesgo personal— en aquellos acontecimientos, y exponían enfoques sociales que me sorprendían por su madurez y ponderación.

Aquella era una labor apostólica y cultural dirigida a los jóvenes y dirigida por jóvenes. Era evidente que no estaban manipulados por personas mayores, como si representaran un papel que, en el fondo, todos dieran por consabido que era puramente decorativo, como había sucedido durante mis experiencias anteriores en algunos movimientos católicos.

En pocas palabras, podría sintetizar la vivencia de mi primer encuentro con la labor apostólica del Opus Dei, en la segunda mitad de los años cincuenta, como el hallazgo de un ambiente en el que los propios jóvenes se tomaban a sí mismo en serio.

¿Era esto casual? En modo alguno, aunque los motivos de fondo sólo llegara a comprenderlos años más tarde.

La alta y peculiar valoración que san Josemaría hacía de los jóvenes no era, en absoluto, oportunista ni táctica. No pretendía con ella ganar nuestro favor. De hecho, buena parte de los muchachos que se ponían en contacto con la labor apostólica del Opus Dei durante aquellos años —como sigue sucediendo hasta el día de hoy— se sentían sobre-exigidos e incluso molestos porque se les situara tan claramente ante sus propias obligaciones personales y sociales, de manera que algunos de ellos no repetían la experiencia de acudir a un centro del Opus Dei. No podía aguantar el peso de la responsabilidad que se echaba sobre sus hombros nada más entrar en contacto con los medios de formación del Opus Dei. Se les pedía —ni más ni menos— que fueran ellos mismos los que procuraran el encuentro con Dios a través de un trato personal con Jesucristo en la oración y en los sacramentos; que no consideraran el estudio o el trabajo como una imposición molesta que venía de fuera; y que se convirtieran en apóstoles de sus propios amigos y compañeros. Y, sobre todo, que aceptar o no este conjunto de retos dependía exclusivamente de su propia libertad; que nadie les iba a empujar para que los asumieran; y que eran ellos mismos quienes se lo perdían si no acertaban a valorar el tesoro de formación completa que sin presión alguna se les brindaba. “Demasiada realidad” —que diría Eliot— para una juventud generacionalmente sobreprotegida y, en el fondo, infantilizada.

Pero tal exigencia —que excluía de raíz condescendencias y halagos— no era sino la otra cara de una capacidad de atracción cuyo núcleo venía dado por una dimensión sobrenatural que no excluía, sino que implicaba, una ilusión humana tan brillante que no sería exagerado aplicarle el término “fascinación”.

La actitud que mejor puede definir este fuerte atractivo es una expresión de Teresa de Ávila que conecta, además, con ese componente juvenil al que me vengo refiriendo: “aventurar la vida”.

Aunque el Opus Dei estaba a punto de cumplir sus primeros treinta años, san Josemaría, que vivía entre nosotros como Santa Teresa cuando invitaba a la juventud de su tiempo a iniciar un camino incierto y emocionante, nos insistía en algo obvio para quien tuviera conocimientos históricos básicos: que tres décadas son muy poco tiempo para una institución que medirá su vida por siglos, es más, que durará mientras haya hombres sobre la tierra, según la profunda fe en el carácter sobrenatural de la empresa que san Josemaría nos contagiaba con una empatía tan espontánea como convincente. Estábamos, por tanto, en los comienzos: éramos los primeros de aquella reacción en cadena a la que teníamos que prestar un garbo humano que se uniera al garbo sobrenatural que esencialmente poseía.

Josemaría Escrivá tenía entonces unos cincuenta y cinco años y entre los que ya eran fieles del Opus Dei, o lo seríamos poco tiempo después, predominaban los que aún no habíamos cumplido los veinticinco. Esta composición de edades se traducía en un ambiente juvenil que era inconfundible en la sede de los centros del Opus Dei, y que contrastaba de golpe con la atmósfera ligeramente lúgubre y desmañada predominante en los locales de los movimientos apostólicos de la época. Lo primero que llamaba la atención a quien cruzaba el umbral de Padilla, 1, primero izquierda, era una especie de exultación contenida, una alegría silenciosa que encontraba su único trasunto inmediatamente perceptible en las sonrisas abiertas con que el recién llegado se encontraba en los pasillos, y en la serenidad de quienes trabajaban en la Sala de Estudio o rezaban en el pequeño Oratorio de aquel apartamento, instalado con muebles tan modernos como sobrios, según un estilo que hoy llamaríamos “minimalista” y que contrastaba con el horror vacui de la decoración típica de las viviendas burguesas del Barrio de Salamanca.

Uno tardaba semanas, e incluso meses, en empezar a captar las profundas raíces de esa alegría, que —según Camino, el libro esencial que nos guiaba en aquellos primeros pasos— «no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amoroso de nuestro Padre Dios»3. Conciencia de la filiación divina que se refleja en una tesitura —recogida también en Camino— que trasluce el sello inconfundible de la autenticidad y de la admiración: «Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo [...] ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro [...] ¡hijo de Dios!

Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la ‘soberbia’»4.

El estilo de este pequeño libro al que me estoy refiriendo, Camino, es de por sí una de las mejores ilustraciones de ese aire juvenil que se respiraba en los primeros centros del Opus Dei. Los que entonces lo leíamos y meditábamos en aquel ambiente no reparábamos en el hecho de que el “mundo vital” que refleja este clásico de la espiritualidad es mayoritariamente el estudiantil y universitario. Supongo que dábamos por supuesto que se trataba de un libro dirigido precisamente a nosotros, los que entonces nos movíamos justo en las aulas de la Universidad Central, llamada ya entonces Universidad de Madrid. Por eso, al poco tiempo, no dejó de sorprenderme el interés con que mi madre, un ama de casa culta pero no precisamente intelectual, leía esa misma obra, y que la propia cocinera asturiana —Azucena— que trabajaba en casa de mis padres demostrara un afán insólito de que yo la enseñara a leer para alcanzar un conocimiento directo de [...]¡Camino! ; por cierto que, en una clara muestra de lo que Tomás de Aquino llama “conocimiento por connaturalidad”, la “tata” Azucena me explicaba los puntos que ella acababa de leer por primera vez con una hondura y una incisividad que resultaron decisivas a la hora de decidirme a pedir la admisión en el Opus Dei.

Una y otra vez, a lo largo de estos años, he podido comprobar que este espíritu de juventud no es circunstancial ni coyuntural en el temple humano y cristiano de san Josemaría. Desde el punto de vista bibliográfico, bastaría con remitirse a dos de sus obras publicadas a título póstumo —Surco y Forja— cuyo ritmo y tonalidad (con peculiaridades propias) son muy semejantes a Camino. Por no entrar en el tratamiento hondo e intimista que del espíritu de infancia se realiza en Santo Rosario y, a lo largo de todos sus escritos, en la consideración profunda y pormenorizada de la santificación de las cosas pequeñas en el trabajo profesional ordinario, tema que se aborda desde sus más variadas perspectivas en este Congreso.

Pero es que semejante espíritu trasciende de la letra a la vida y confiere a la propia experiencia histórica del Opus Dei un estilo evangélico que resulta evidente para quienes lo vivimos de cerca. El contenido de la predicación de san Josemaría se centraba casi siempre en escenificar con extraordinaria plasticidad y viveza escenas de la vida de Jesús. Pero lo que daba a aquella catequesis —informal, continua— realismo y verosimilitud incomparables era precisamente que en ella se revivía lo mismo que se contaba: un grupo de jóvenes rodeaba a un maestro poco mayor que ellos, que les hablaba con sencillez y autoridad del Reino de Dios y del papel que a ellos se les asignaba en su realización en la tierra. «El Señor, se lee en Surco, después de enviar a sus discípulos a predicar, a su vuelta, los reúne y le invita a que vayan con El a un lugar solitario para descansar [...] ¡Qué cosas les preguntaría y les contaría Jesús! Pues [...] el Evangelio sigue siendo actual»5.

La vida del joven maestro y sus discípulos se repetía hasta en los pormenores de una pobreza extrema dignamente conllevada y nunca proclamada, hasta el punto de que no pocas veces también les sucedía que no tenían donde reclinar la cabeza cuando llegaba la noche. Y parece indudable que uno de los motivos de las persecuciones que acompañaron la casi totalidad de la vida de san Josemaría estribaba en su respetuosa valentía a la hora de enfrentarse con las costumbres eclesiásticas obsoletas y demasiado humanas que, como en otro tiempo, provocaban injusticias y discriminaciones.

La actitud innovadora de san Josemaría es radical. No precisamente porque intente destacar por una originalidad basada en cambiar los usos vigentes, sino porque busca siempre lo genuino y originario, aquella raíz vital que confiere arraigo y sentido a costumbres y estructuras. Por eso sus palabras suenan siempre a nuevo. No habla de segunda mano, de algo oído a otros y cansinamente repetido. Y se propone explícitamente llevar ese modo de expresarse a los jóvenes que participan en la labor apostólica: «Procuremos lograr que, en la boca de nuestra gente joven, esté la tremenda palabra sobrenatural que mueve, que incita, que es la expresión de una disposición vital comprometida: nunca es la repetición grotesca mortecina de frases y palabras, que no pueden ser de Dios»6. Espontaneidad en el hablar que se traduce también en la soltura de las actuaciones: «No he querido nunca ataros, sino que, por el contrario, he procurado que obréis con una gran libertad. En vuestra acción apostólica habéis de tener iniciativa, dentro del margen amplísimo que señala nuestro espíritu, para encontrar —en cada lugar, en cada ambiente y en cada tiempo— las actividades que mejor se acomoden a las circunstancias de los jóvenes que se tratan»7.

Nada de inercia. En la dinámica del espíritu no vige esa ley física que expresa la mostrenca monotonía de la materia. Aquí todo es inaugural: la vida se estrena a cada paso, se sale continuamente de sus supuestos gracias a la función innovadora del pensamiento, y fulgura de nuevo en virtud de la modulada autosuficiencia de la voluntad. De ahí que el lema de san Josemaría para cada año que comienza sea un incisivo “lucha nueva” y no un desdibujado “vida nueva”. En cada instante de esa batalla interior, es preciso decir para uno mismo: Nunc coepi! , ahora comienzo. Y es muy revelador que le alegrara saber que en portugués se llame “os novos” a los jóvenes.

Cada momento presente concentra el peso de los recuerdos y se abre a las expectativas de los proyectos existenciales. De ahí que la juventud no sea una especie de tiempo de espera, a resultas de lo que las circunstancias y el destino nos acabe por deparar. Es una época densa, llena de sentido en sí misma y preñada de pulsiones que apuntan hacia el futuro. Y si se vive cara a Dios, el espíritu de la juventud acaba por teñir todo el curso de la vida terrena, ya que —desde una perspectiva de eternidad— siempre estamos comenzando, y la batalla decisiva es siempre la última, como san Josemaría gustaba subrayar. De manera que, desde una perspectiva teológica, siempre tiene sentido invocar al Altísimo, con las palabras del Salmo 42, como “al Dios que alegra mi juventud”, incluidas antes en el Introito de la Misa.

Este sentido de la repristinación, inconfundiblemente bíblico y específicamente cristiano, cruza todo el espíritu del Opus Dei y se encuentra, sin duda, en la base de su históricamente insólita valoración de la juventud —del trabajo, del arte, del deporte— e incluso de la infancia y del juego (ludens in orbe terrarum). El propio Fundador, refiriéndose a la juventud de la gente del Opus Dei que —apenas alcanzada la mayoría de edad— enviaba a comenzar en ciudades y países solía decir que «Dios ha hecho su Obra jugando con niños».

Como han destacado algunos teólogos, estamos ante una espiritualidad bautismal, para la que los sacramentos de la iniciación cristiana contienen en germen la llamada divina —originaria y universal— a la santidad en medio del mundo, sea cualquiera la edad o la capacidad de discernimiento racional de la persona en cada momento de su vida. (Bajo esta óptica no se debería plantear restricciones o dudas genéricas sobre la canonización de niños o deficientes psíquicos con uso de razón, llamados —exactamente igual que cualquier otro fiel— a la plenitud de la vida cristiana. Afortunadamente, la Santa Sede ha dado recientemente pasos positivos en tal sentido).

Desde un punto de vista filosófico, el marco conceptual en el que se inscribe esta visión de la vida cristiana es el de una metafísica creacionista, en la que se excluye tanto la inclinación hacia una suerte de memoria ontológica en la que el pasado sigue latiendo en el presente, cual es el caso de la dialéctica hegeliana, como la crispada discontinuidad de la “creación continua” de signo cartesiano. Se adapta, en cambio, sin violencia a la visión tomista del ser como acto emergente de autoposición del ente concreto.

Las repercusiones funcionales de esta positiva valoración del espíritu de la juventud se aprecian en múltiples aspectos de la vida diaria y la actividad apostólica de los fieles del Opus Dei. Por de pronto, la labor con la juventud —que san Josemaría quiso poner bajo el patrocinio del Arcángel San Rafael— presenta un carácter prioritario para todos los componentes de la Prelatura, con independencia de su edad, estado civil y profesión. Y así, ya el 9 de enero de 1935, podía recomendar san Josemaría a todas y todos que, «viendo en vuestras manos esa juventud, esperanza de la Obra [...], entenderéis la necesidad de sacrificaros en academias y residencias, para lograr, con personal apto, el desarrollo de la Obra que Jesús nos tiene encomendada»8. Y como en los pocos años de existencia del Opus Dei hasta entonces transcurridos ya había podido percibir las dificultades extraordinarias que —por motivos externos— esta labor con la juventud podía presentar, añadía enseguida: «Trabajad, llenos de esperanza: Plantad, regad, confiando en que El da el incremento, Dios (I Cor. III, 7). Y, cuando el desaliento venga, si esta tentación permitiera el Señor; ante los hechos aparentemente adversos; al considerar, en algunos casos, la ineficacia de vuestros trabajos apostólicos de formación; si alguien, como a Tobías padre, os preguntara: ubi est spes tua? , ¿dónde está tu esperanza? [...], alzando vuestros ojos sobre la miseria de esta vida, que no es vuestro fin, decidle con aquel varón del Antiguo Testamento, fuerte y esperanzado quoniam memor fuit Domini in toto corde suo (Tob. I, 13), porque siempre se acordó del Señor y le amó de todo corazón: filii sanctorum sumus, et vitam illam expectamus, quam Deus daturus est his, qui fidem suam nunquam mutant ab eo; somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios ha de dar a quienes nunca abandonaron su fe en El (Tob. II, 18)»9. En cualquier caso, nunca cabe descuidar ese trabajo de formación completa de las personalidades jóvenes.

Si, en la vida de una persona del Opus Dei, la tarea apostólica con la juventud no acaba nunca, tampoco puede dar por concluida su propia formación, ni en el terreno profesional y cultural, ni en el campo teológico y de profundización en el propio espíritu del Opus Dei, en el que —por su hondura sobrenatural y humana— siempre cabe descubrir nuevos matices y aspectos.

En definitiva, según el Fundador del Opus Dei, tener el espíritu de la juventud no equivale al tópico “ser joven de espíritu”, expresión que no pocas veces esconde un resignado conformismo, que acaba por aceptar como irremediables los diagnósticos coincidentes de Gogol y Martin Amis, según los cuales la edad “no añade nada”. Para san Josemaría el espíritu de la juventud consiste en ejercitar en todo tiempo una generosidad inconformista, que no adopte una postura conservadora ni con los propios defectos ni con las injusticias de la sociedad que nos rodea. «Eres calculador. No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa»10.



Alejandro Llano es Profesor Ordinario de Filosofía y Director del Departamento en la Universidad de Navarra, de la que ha sido también Rector. Además de sus trabajos sobre la filosofía del idealismo alemán, ha estudiado cuestiones de ontología y teoría del conocimiento en Aristóteles y Tomás de Aquino, en diálogo con planteamientos del análisis lógico-lingüístico. También se ha ocupado de problemas de filosofía política y teoría de la cultura.


Notas
1. Conversaciones, 75.
2. Ibidem, 77.
3. Camino, 659.
4. Ibidem, 274.
5. Surco, 470.
6. Carta, 24-X-1942, n. 58.
7. Ibidem, 24-X-1942, n. 46.
8. Instrucción, 9-I-1935, n. 4.
9. Ibidem, 9-I-1935, n. 19.
10. Camino, 30.


Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. VIII Juventud: construir el futuro, EDUSC, 2003.