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Testimonios

Josemaría fue un volcán de amor de Dios

Marlies Kücking, filóloga, Alemania

1 de febrero de 2002

Etiquetas: Personalidad, Santidad, Seguir a Cristo
Marlies Kücking conoció a Josemaría Escrivá en 1957 en Colonia y trabajó varios años junto al fundador del Opus Dei en Roma. Desde 1964, forma parte del gobierno central de la Prelatura.

Si se le pidiera una mayor precisión, Marlies Kücking podría concretar tal vez el día y la hora en que conoció a Josemaría Escrivá, aunque dice, tan sólo, que fue “una tarde de agosto de 1957”.

“Desde el día que lo conocí —asegura— adquirí la certeza de encontrarme en la presencia de un santo, y esta certeza no me ha abandonado nunca”.

Desde 1964, Marlies Kücking trabaja en el gobierno central de la Prelatura. Es una alemana de aire nórdico, experta montañera que ha conquistado muchas cimas, pero también le gusta caminar en llano. Estudió Filología Germánica e Inglesa en Bonn. Habla media docena de idiomas y ha viajado por los cinco continentes.

—¿Qué importancia concede usted al hecho de que la Iglesia haya proclamado “santo de altar” a Josemaría Escrivá?
—Siempre que la Iglesia eleva a los altares a un hijo suyo, es como si dijera a cada uno: “¡Si tú también puedes!”. En este caso, además, nos encontramos con un modelo muy cercano, no sólo porque se trata de un contemporáneo nuestro, sino, sobre todo, por la actualidad que, para la mujer y el hombre trabajador de nuestro tiempo, tiene el mensaje que Dios le confió: que todos los caminos honrados pueden ser ocasión de un encuentro divino; que todas las circunstancias concretas en que la vida nos ha colocado (todas las realidades familiares, sociales y profesionales nobles) pueden y deben dirigirnos a Dios, desde el trabajo del campesino y del obrero al del investigador, de la madre de familia al periodista o al político, por citar sólo algunas. No hay esfera humana recta que se excluya de la llamada a la santidad. Lo diría con unas palabras que a Josemaría Escrivá le gustaba repetir: “Se han abierto los caminos divinos de la tierra”.

—¿Esa importancia se circunscribe al ámbito del Opus Dei o abarca a la Iglesia entera?
—Se trata de un hecho que trasciende el ámbito de la Prelatura, porque la figura de san Josemaría Escrivá es universal. Es un dato sociológico pues basta ver las iniciativas apostólicas que promovió o la difusión de su devoción en todo el mundo; pero ese dato se basa sobre todo en la universalidad del mensaje que recibió del Señor: recordar a las mujeres y a los hombres que todos los bautizados, sin discriminación alguna, hemos sido llamados por Cristo con vocación a la santidad y al apostolado, en nuestra vida corriente, en el cumplimiento de nuestras tareas ordinarias.
De todos modos, es lógico y, no me cabe duda, de que se vivirá de modo particular en la Prelatura, pues para los fieles del Opus Dei será verdaderamente un nuevo estímulo en el fiel seguimiento de su fundador.

El despacho de Marlies Kücking, en un tercer piso, da a un pequeño “cortile”, de tonos naranjas, típicos de la arquitectura romana. Al fondo se ve la ciudad, la Roma que Josemaría Escrivá pateó tantas veces para buscar una talla a buen precio o un belén diminuto para un enfermo, o, sencillamente, para dar un paseo.


Verano del 57

—Usted fue una de las personas que trabajó durante más tiempo con el santo.
—Efectivamente, tuve la enorme fortuna de trabajar muchos años junto a san Josemaría. Desde que lo conocí hasta el último día en que lo vi, poco antes de su muerte, he podido ser testigo de su amor a Dios, de su fidelidad a la Iglesia y al Santo Padre, del cariño a sus hijos y a todas las almas, de su laboriosidad incansable, de su buen humor y de su lucha constante por cultivar a fondo las virtudes cristianas.

—Háblenos de cómo y cuándo lo conoció.
—Lo conocí una tarde de agosto de 1957, en el primer Centro de mujeres del Opus Dei en Colonia. Me llamó la atención su solicitud paterna, más aún, materna, por cada una de las que estábamos allí en ese momento. Eran los primeros pasos de la labor apostólica de las mujeres de la Obra en Alemania. Sin embargo, san Josemaría nos hacía soñar ya con los proyectos apostólicos que se realizarían en el futuro, nos contagiaba su fe en Dios. “Con la gracia de Dios y buen humor, todo es posible”, nos comentó.

—Situémonos en Roma, años sesenta.
—Cuando estuve trabajando a su lado en Roma, contemplé plasmada esa fe en Dios que le llevaba a no retroceder ante tantísimas dificultades de todo tipo que encontró a lo largo de su vida: carencia de medios, incomprensiones, calumnias... Se notaba que tenía una conciencia clara de la misión que Dios le había confiado, y sabía transmitir esa fe a los demás.
Desde el día que lo conocí, adquirí la certeza de encontrarme en la presencia de un santo, y esta certeza no me ha abandonado nunca.

He comprobado que en muchas otras personas ha dejado la misma huella. Cuando se les presentaba la oportunidad de un encuentro con san Josemaría, aunque fuese muy breve, solían manifestar una profunda emoción. Y no se trataba de un mero entusiasmo humano, como el que se experimenta cuando se sigue a un líder. Ahí había algo de Dios.
No buscaba unir la gente a su persona, su lema era “ocultarse y desaparecer”. Su pasión era acercarnos a Dios. Podría decir que era “un volcán de amor de Dios”, que estimulaba a buscar con más ahínco a Cristo en la oración y en la mortificación, entregarse al apostolado, tratando de facilitar que amigos y colegas se encontrasen con Dios, a trabajar con más constancia, a hacer la vida santamente amable en la convivencia ordinaria...

Amor a la verdad y a la libertad

La mesa de trabajo de Marlies Kücking es amplia, apropiada para reuniones con varias personas a la vez. A su izquierda hay un ordenador en red con el resto de las oficinas. Detrás, una estantería presidida por un crucifijo que compró Josemaría Escrivá en 1946, cuando llegó por primera vez a Roma. Algunas fotografías, antiguas y actuales, de fieles de la Prelatura de todo el mundo dan un aire internacional a la estancia.

—¿En qué consistió su colaboración con Josemaría Escrivá? ¿Podría describir su manera de trabajar?
—Desde 1964 he formado parte del consejo de mujeres del gobierno central de la Obra, y sigo trabajando en este órgano que ayuda al Prelado en la dirección del Opus Dei. Esos once años, hasta su muerte, en 1975, me permitieron experimentar, o, por expresarlo gráficamente, “tocar con la mano”, el fuego de caridad que latía en su alma y que le impulsaba a entregarse por completo en su trabajo de gobierno y formación al frente del Opus Dei.
Tenía un vivo sentido de la secularidad del espíritu fundacional y un amor enorme a la verdad, a la libertad y a la responsabilidad personales. Por eso, no extraña que también enseñara a desarrollar las tareas de dirección de manera que siempre fuesen entendidas, y desempeñadas, como ocasión de servicio a los demás, a su felicidad terrena y eterna; y, por ello, nos exhortaba con frecuencia a trabajar bien (con competencia profesional), a velar amablemente por la fidelidad a la Iglesia o al espíritu del Opus Dei y por la felicidad de todos, para encender en el amor y saber promover la espontaneidad apostólica de las personas.

—Resalte, por favor, dos características de lo que acaba de exponer.
—Su amor al gobierno colegial y su profunda humildad. Amaba y hacía cuidar la colegialidad: aborrecía la actitud de quien quisiera hacerse “tirano”; siempre escuchaba a las personas que debían intervenir en los asuntos y opinaba el último. No se trataba de una práctica meramente instrumental de eficacia humana (por aquello de que, como se suele decir, cuatro ojos ven más que dos), sino de una garantía para el bien de las almas. Siempre he interpretado estos dos aspectos como una delicada manifestación de su amor a la libertad y de su lucha decidida por amar al Señor: nos animaba a opinar, aunque él fuera el fundador y nosotras fuéramos más jóvenes.


El centro de su vida
La pieza más querida de esta habitación de trabajo en el Parioli romano es un pequeño cuadro que enmarca el crucifijo que san Josemaría tuvo entre sus manos el 27 de junio de 1975, el día después de su fallecimiento y que fue sustituido por otro antes de su entierro.

—¿Cuál fue el centro de la vida de Josemaría Escrivá?
—Toda su existencia estaba centrada en Jesucristo, el gran amor de su alma. Inseparablemente a ese querer, y precisamente por eso, amaba a todos con pasión, y de modo particular a sus hijos. Sabía querer, con un querer sobrenatural y humano al mismo tiempo.
Su presencia y sus palabras arrastraban hacia Cristo: nos impulsaba a amar la Humanidad santísima de Jesús, y a la vez lograba que las personas se llenaran de alegría (también humana) y se encontrasen a gusto: se estaba muy bien a su lado.
Era el suyo un corazón vigilante, siempre atento a cualquier peligro que pudiera acechar a un hijo suyo. Recuerdo su inmenso gozo, cierto día de marzo de 1964, al descubrir en una confluencia de caminos en los Castelli Romani, cerca de Nemi, una imagen de la Santísima Virgen, con la inscripción “Cor meum vigilat”. Fue como una materialización de los anhelos de su propio corazón. Así se movía: con el corazón vigilante. Como en todo, también en este aspecto del espíritu de familia característico del Opus Dei iba por delante. Sabía intuir con corazón paterno y materno si a alguien le sucedía algo, si estaba enfermo o tenía una preocupación particular...

—Y, cuando se refería a otras personas, ¿cómo lo hacía?
—Era muy delicado en todo lo referente a los demás: no ponía etiquetas a nadie, ni dividía a la gente en buena o mala. Antes de tomar cualquier decisión, pedía que se “escuchasen todas las campanas”, para no dejarse llevar por un punto de vista parcial.

—Unos subrayan el rasgo de servidor infatigable de la Iglesia; otros, su estirpe de fundador; otros su humanidad...
—No se excluyen mutuamente esos aspectos; es más, están intrínsecamente unidos y parten de la respuesta generosa de san Josemaría a la vocación recibida y de su gran amor a Jesucristo y a la Iglesia. Desde muy antiguo lo tenía muy grabado en su corazón, y lo dejó escrito muchas veces como un grito que le salía del alma: “Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”, (“Todos con Pedro, a Jesús, por María!”). Su gran afán era el servicio a la Iglesia y en esto veía la misión del Opus Dei.

—¿Qué fue para usted san Josemaría?
—¿Qué fue para mí? Un padre al que le debo todo. No sé lo que habría sido mi vida si no hubiese conocido a san Josemaría. Aprendí de él el amor a Dios, a la Iglesia y al Papa, a comenzar cada día de nuevo la lucha en el servicio alegre a los demás, empezando por las personas con las que se convive, a superar posibles cansancios ante la aparente monotonía del quehacer ordinario.
En fin, puedo afirmar que, gracias a su ejemplo y su entrega, soy muy feliz. Y espero saber transmitir esa felicidad a muchas personas.

Marlies Kücking tiene el convencimiento de que “cuando la Iglesia declara que un siervo de Dios ha alcanzado la perfección de la santidad, es como si volviera a “canonizar” (si se puede decir así) el espíritu que recibió de Dios y con el que él mismo se santificó”.

Entrevista publicada por José Joaquín Iriarte en la revista “Mundo Cristiano”, España