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Mi armadura se fue desmoronando

Lucía Vanrell, estudiante, Uruguay

1 de diciembre de 2002

Etiquetas: Conversión
Mi nombre es Lucía Vanrell, tengo 20 años y soy estudiante de Bioquímica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República uruguaya. Pertenezco a una familia de fuerte tradición católica, pero después de haber tomado la Primera Comunión, al entrar en la adolescencia, comencé a separarme de Dios.

Y así viví hasta que conocí a algunas personas que, con su ejemplo y amistad, me acercaron a Cristo; hicieron que mi armadura se fuera desmoronando, y luego de un año de contradicciones internas, me di cuenta de que había en ellos “algo” que los hacía ser felices con todas las letras.
Y que “eso”, que tanto les llenaba, les hacía reflejar paz y amor por la vida y por los demás.
Y que “eso” indudablemente valía la pena... y finalmente que “eso” era ¡Dios!.

Comencé a ir a Misa los domingos, luego empecé a frecuentar el Sacramento de la Confesión y la Sagrada Eucaristía y a asistir a centros del Opus Dei para recibir allí formación cristiana.

Fue entonces cuando comenzó mi devoción por San Josemaría, mi admiración hacia su trato con Dios, que se reflejaba en su claridad para expresar ideas y sentimientos, mi fascinación por su constante lucha por mejorar, por agradar a Dios con los más mínimos actos ordinarios...
Conocer a San Josemaría despertó en mí “hambre” de santidad, de Dios y de apostolado.
Y aunque quienes me conocen saben que me quedan muchos “baches”, lucho diariamente, con la ayuda de Dios, y por intercesión de San Josemaría Escrivá, por ser una buena cristiana.

En lo personal, haber conocido a la Obra y a su Fundador me ayudó y me ayuda a poner buena cara en situaciones tensas o incómodas (gracias a encontrarle sentido al sacrificio); creó en mí el espíritu de servicio y de apostolado (¡es que soy feliz!); hizo que le encontrara un sentido mucho más hondo al estudio y al trabajo: el de santificación personal; hizo que disfrutara del tiempo libre, de las personas que quiero y de lo que hago diariamente como regalos de Dios; hizo que viera que tengo muchos más defectos de los que pensaba, que eso es lo propio del hombre, y a la vez me da fuerzas para pedirle a Dios que no me deje caer cuando fallo (¡que es más o menos todo el tiempo!); y muchas otras cosas que sería muy difícil describir con palabras.

Sé que Dios no busca “superhombres” para sus propósitos en la Tierra, sino almas dispuestas a AMAR con mayúsculas.

Y también sé, gracias a San Josemaría, que ¡vale la pena!

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