PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiMons. Javier Echevarría, obispo Prelado del Opus Dei. Roma, 26 de junio de 2008
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Mons. Javier Echevarría, obispo Prelado del Opus Dei. Roma, 26 de junio de 2008

Mons. Javier Echevarría

Etiquetas: Filiación divina, Javier Echevarría
Queridos hermanos y hermanas,

"Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rm 8, 14). Es ésta la asombrosa verdad que nos recuerda la segunda lectura de la Misa de hoy, con palabras de San Pablo a los Romanos. Una verdad esencial de la fe cristiana, que —por querer divino— se convirtió en el eje de la predicación de San Josemaría Escrivá de Balaguer, desde el comienzo de su vocación. Me viene a la memoria la frase con la que abre el libro Forja: "Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.
—El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna" (Forja, n. 1).

La conciencia de la filiación divina en Cristo empujaba a San Josemaría, dócil instrumento del Paráclito, a comunicar esta gran nueva a todas las personas con las que se encontraba en su caminar terreno, animándolas a recorrer las vías de la santidad. Porque, como continúa el Apóstol, "el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados" (Rm 8, 16-17).

Estas reflexiones nos mueven a elevar nuestra gratitud a Dios, también por haber dado a la Iglesia la vida de San Josemaría, instrumento del que se ha servido para reavivar en muchas almas la conciencia de la filiación divina.

Demos gracias al Señor también porque, dentro de pocos días, el 28 de junio, por decisión del Santo Padre, que quiere celebrar de este modo el segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los gentiles, dará comienzo un año paulino. Es una ocasión muy especial para meditar sobre la vida y la doctrina de San Pablo, un acontecimiento que nos estimula a seguir a Cristo imitando el arrojo y la completa entrega que descubrimos en la existencia de este gran Apóstol.

Un nuevo motivo de acción de gracias proviene del hecho de que hoy, en el Tribunal de la Diócesis de Roma, se ha clausurado el proceso instruido para la Causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo. Es sólo un primer paso, pero un paso que a nosotros —con tantas otras personas del mundo entero— nos llena de alegría, pues vemos en el queridísimo don Álvaro el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría, porque ha sido el que mejor ha sabido —con la gracia de Dios— seguir sus huellas, acogiendo en sí plenamente el espíritu que Dios comunicó al Fundador del Opus Dei.

La fiesta de hoy, además de recordarnos que la llamada —¡la vocación cristiana!— a la santidad tiene su fundamento en la realidad de nuestra filiación divina, nos invita a considerar el marco en el que se encuadra esta llamada: la vida cotidiana normal y, concretamente, el trabajo profesional y la vida en familia, que llenan la mayor parte de nuestras jornadas.

Trabajar es ciertamente una actividad encaminada a subvenir a las necesidades económicas personales y familiares; pero, como nos ha enseñado San Josemaría, el trabajo deber ser mucho más, pues "nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" (Es Cristo que pasa, n. 48).

En efecto, después de haber creado a nuestros primeros padres, Dios "tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara" (Gn 2, 15). Meditando esta página del Génesis, San Josemaría se llenaba de alegría y de gratitud. "El trabajo —escribía— es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo.
El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, «ut operaretur» —para que trabajara" (Surco, n. 482).

El trabajo, pues, no es un castigo —el mandato de trabajar es anterior al pecado original—, sino un encargo confiado a todos los hombres para que puedan cooperar con Dios en el desarrollo ordenado de la creación material. Meditando esta enseñanza de la Sagrada Escritura, el Fundador del Opus Dei vio —con luces recibidas del Señor— el gran valor del trabajo como medio de santidad y de apostolado.

Durante un congreso sobre las enseñanzas de San Josemaría, el entonces Cardenal Ratzinger subrayaba la notable contribución dada por nuestro Padre a la solemne proclamación de la llamada universal a la santidad, hecha en el Concilio Vaticano II. Se detenía concretamente en la afirmación de que «a la santidad se llega, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios; en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda una comprensión teológica del mundo y de la historia —añadía— deriva de este núcleo, como tantos textos de San Josemaría «atestiguan, de modo preciso e incisivo»*.

La llamada a colaborar en la misión salvífica de la Iglesia es inseparable de la vocación a la santidad. También ahora, como en tiempos de Jesús, la muchedumbre tiene hambre de escuchar la palabra de Dios. Es la escena que —una vez más— hemos revivido en el Evangelio. El Señor ha subido a la barca de Pedro para dirigir su palabra a la multitud; se sirve de la colaboración material de Simón y de los otros discípulos para que su mensaje llegue más lejos. Es un primer modo de participar en su misión evangelizadora: facilitar a la Iglesia los medios materiales que necesita para trabajar con mayor eficacia al servicio de las almas.

Pero no basta este empeño. El Señor nos pide también que colaboremos personalmente en el apostolado, cada uno según la situación en la que se encuentra y de acuerdo con sus posibilidades. La pesca milagrosa es también un signo de la eficacia apostólica de la obediencia a la palabra del Maestro. Después de haber enseñado a la muchedumbre, Jesús se dirige a Pedro y a los demás discípulos diciéndoles: guiad mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5, 4). Simón obedece la orden del Señor, a pesar de la reciente experiencia negativa, y entonces se realiza el milagro: recogieron gran cantidad de peces (Lc 5, 6).

También nosotros, si cultivamos la amistad con Jesús en la oración personal, si frecuentamos los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía, si acudimos a la Virgen, a los Ángeles y a los santos, nuestros intercesores delante de Dios, seremos capaces de realizar los mismos prodigios. Pero, para esto, es también necesario amar sinceramente a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a todas las almas. ¡Un cristiano ha de ser apostólico!

Existe una gran necesidad de mujeres y de hombres seriamente empeñados en la tarea de llevar las almas a los pies de Cristo, como los primeros Doce. Os recuerdo lo que decía el Santo Padre el día en que comenzó su servicio pastoral en la sede de Pedro. «También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera (...). Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida» (Homilía en el comienzo del Pontificado, 24-IV-2005).

San Josemaría nos invitaba a preguntarnos todos los días: "¿qué he hecho hoy para acercar algunas personas a Nuestro Señor?" Muchas veces será una conversación orientadora, una invitación a acercarse al sacramento de la Penitencia, un consejo que ayuda a comprender mejor algún aspecto de la vida cristiana. Y, siempre, el ofrecimiento generoso de oración y de mortificación, de trabajo bien hecho; éstos son los medios más importantes que hemos de emplear, para alcanzar los objetivos apostólicos.

Además de ser un buen intercesor, San Josemaría es un modelo espléndido de hombre que ha sabido convertir el trabajo en oración y colaborar con Cristo en la extensión de su reino. Confiemos a María, nuestra Madre, los propósitos concretos que hayamos formulado en estos minutos, para que sean plenamente operativos. Así sea.


*Cardenal Joseph Ratzinger, Mensaje inaugural del Congreso teológico de estudio sobre las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 12-X-1993.