PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiMons. Rodolfo Quezada Toruño, arzobispo metropolitano de Guatemala. Roma, 9 de octubre de 2002
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Homilías

Mons. Rodolfo Quezada Toruño, arzobispo metropolitano de Guatemala. Roma, 9 de octubre de 2002

Mons. Rodolfo Quezada Toruño

Etiquetas: Canonización, Guatemala, El Salvador, Costa Rica , Honduras, Panamá
Alabado sea Jesucristo. Queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesucristo, la profunda alegría que hemos compartido estos días en la Basílica de San Pedro, en la Plaza de San Pedro, en los templos, en las calles y las plazas de Roma, es ante todo y sobre todo alegría de la Iglesia, que se entusiasma al considerar la santidad de sus hijos. Participamos del gozo de la Iglesia por la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien Dios Nuestro Padre eligió como instrumento fidelísimo para que una multitud de almas escuchara la llamada a la santidad en la vida ordinaria.

La Iglesia nuestra Madre celebra la santidad de sus hijos, porque sabe que es gloria de Dios, por eso nos propone el ejemplo de los santos y nos anima a acudir a su intercesión para impulsarnos en el camino de la santidad cristiana, que es nuestra vocación divina.

Los verdaderos testigos de la fe son los santos, porque los santos con su vida hacen patente al mundo el gran misterio de Cristo y de la Iglesia. Los santos representan por ello «al vivo el mismo rostro de Cristo» (Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 7). Ciertamente la santidad es el querer de Dios para los hombres. “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”, escribía San Pablo (1Ts 4,3). Y es obra de Dios en la criatura libre: es un don, un regalo que requiere el compromiso y la respuesta de quien lo recibe. Pero este compromiso no afecta sólo a algunos pocos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor» (Cons. dogm. Lumen gentium, n. 40), proclamaba el Concilio Vaticano II, y, es que el Bautismo introduce a la persona humana en la misma santidad de Dios: la inserta en Cristo, el Espíritu Santo habita en ella y la conduce hacia la acogida y la respuesta libre, por amor, a la llamada de Jesús, como dijo El: « “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48) y este ideal de perfección no ha de ser malentendido -advierte el Papa-, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable únicamente por algunos "genios" de la santidad. (...) Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31).

En esta imponente Basílica romana de San Andrés, bajo la mirada del apóstol mártir, que condujo suavemente a su hermano Simón hasta Jesús, ¡con qué fuerza resuena aquí el mandato de Cristo!: “Duc in altum! ¡Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar!”(Lc 5,4).
El Santo Padre descubre en estas palabras del Maestro la clave para afrontar la misión cristiana al comienzo de este nuevo milenio. «Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Dios y echaron las redes. “Y puestos a la obra, leemos en el evangelio de Lucas: hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red” (Lc 5,6). Duc in altum!; estas palabras resuenan también hoy para nosotros y nos invitan a recordar con gratitud el pasado, a vivir con verdadera pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro porque “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”. (Heb 13,8)» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 1).
Duc in altum! ¡Rema mar adentro! San Josemaría predicó muchas veces estas palabras divinas y siempre actuales, con su característica vibración de sacerdote profundamente enamorado de Dios y de María; impulsaba a todos a adentrarse sin miedo por caminos de santidad y de apostolado y a responder así, con amor, a la vocación bautismal, a escuchar en el corazón la voz de Cristo, que se renueva -que nos renueva- en el pan de la Palabra, en el pan de la Eucaristía como le gustaba repetir a San Josemaría, en la Eucaristía y en la Escritura Santa. “Jesús dijo a Simón: no temas, desde ahora serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. (Lc 5,11).

El bien, mis queridos hermanos y hermanas en el Señor, si alguna convicción debemos sacar de estos días maravillosos que hemos vivido en la ciudad eterna, es que el verdadero evangelizador tiene que ser el santo, el hombre de las bienaventuranzas, y que antes de planificar pastoral tiene que vivir pronfundamente esta vocación universal a la santidad. La vida del santo Fundador del Opus Dei es una confirmación hermosísima de la virtud perenne del Evangelio, era un ejemplo transparente de plenitud de caridad. No olvidemos que Dios invita al hombre a aceptar la verdad y el bien, y actúa con su gracia para hacerle capaz de amar; y el hombre debe responder por amor, dócilmente, a todos los requerimientos divinos y vivir para la felicidad de todos y trabajar por Dios y descansar en Él. Así lo confirma la vida de San Josemaría, que fue una continua siembra de amor y de paz.

Como ustedes bien lo saben, dedicó todas sus energías, con una generosidad sin límites, al cumplimiento del encargo divino que el Señor le confió: hacer el Opus Dei, es decir, abrir un camino de santificación para cristianos de cualquier clase y circunstancia que deseen con todas sus fuerzas hacer presente a Cristo en los ambientes más variados, una gran movilización de cristianos que viven en medio del mundo dispuestos a aceptar el yugo suave de Cristo, la responsabilidad de ser fieles a la vocación cristiana, a esa vocación apostólica, a ese llamamiento a la entrega, al amor y al servicio; una entrega total que no admite mediocridades y una entrega confiada porque puede cualquier cristiano, en cualquier lugar, decir con San Pablo: “yo sé de quien me he fiado”.

Lo diré queridos hermanos y hermanas con palabras de San Josemaría: Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor, de todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión o su oficio. Esa vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor; todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro personal con Cristo vivo, que nos llama a identificarnos con El, para realizar -en el lugar donde estemos- (sin ojalaterías, como decía San Josemaría) su misión divina. Cada situación humana es irrepetible, fruto de una vocación única que se debe vivir con intensidad, realizando en ella el espíritu de Cristo. Y así, viviendo cristianamente entre nuestros iguales, de una manera ordinaria pero coherente con nuestra fe, seremos, como decía San Josemaría: «Cristo presente entre los hombres» (cfr. Camino, n. 87; Es Cristo que pasa, nn. 116, 117-118).
San Josemaría, urgía y recalcaba con vigor, apasionado y sereno a la vez, que un cristiano corriente no puede desentenderse de los problemas, de las angustias y de las esperanzas de los hombres de su tiempo, pues si reaccionara así, traicionaría las exigencias más inmediatas del Evangelio mismo; y ésto no por táctica, o por mera imposición de los signos de los tiempos, sino por verdadera vocación divina: ahí donde haya un trabajo honrado apto para ser puesto a los pies de Dios, ahí debe haber un cristiano que plante la Cruz de Cristo en la entraña de su esfuerzo (Es Cristo que pasa, n. 105).

Transcurrieron los años y este mensaje, «viejo como el Evangelio y nuevo como el Evangelio» (Conversaciones, n. 24), fue solemnemente proclamado por el Concilio Vaticano II (Cons. dogm. Lumen gentium, nn. 31, 37, 39). Con un espíritu entrañablemente humano y sobrenaturalmente divino, San Josemaría enseñó a convertir la vida entera en oración y en servicio, por amor. Pasó por esta tierra cantando las maravillas de Dios, con un corazón enamorado que se traslucía en cada una de sus obras y de sus palabras. Estaba convencido -se notaba inmediatamente, y también por esto persuadía a quienes le escuchaban-, de que el mandamiento nuevo de Jesús hay que estrenarlo cada día, cada jornada, por el modo de comprender, de perdonar, de sonreír, de trabajar y de servir, en la familia, en la sociedad que entre todos construimos, entre los amigos y los compañeros, con quienes comparten los mismos ideales y con los que se sitúan enfrente por su distinta manera de pensar; con quienes viven de fe y con los que carecen de ella; con los indiferentes; con los que edifican sobre la paz y el respeto a la vida, y con los que la destruyen, encendiendo violencias, sembrando odios o promoviendo injusticias, y como decía San Josemaría, a todos debe llegar la caridad de Cristo, «ahogar el mal en abundancia de bien» (Surco, n. 864): esto, aprendemos de su vida.

Todas las encrucijadas de la historia humana, ahora y siempre, están necesitadas del fermento cristiano de la caridad. Miren a Jesús, escuchen atentamente su voz, y después dirijan la vista, con ojos de fe, a las realidades cotidianas en las que se desenvuelven sus vidas: la familia, el trabajo, la situación de sus pueblos centroamericanos, las leyes, las costumbres y los usos sociales que van configurando su convivencia. Estoy seguro, sentirán la urgencia de dar más, de entregarse sinceramente a la tarea de informar con el espíritu de Cristo sus pensamientos, sus palabras, sus deseos, su actuación pública y privada: en una palabra, todo, bajo el amparo del gran ejemplo que tienen quienes se santifican en el mundo en la vida ordinaria: del señor San José, Nuestro padre y señor.

El Fundador del Opus Dei enseñó a convertir la vida entera en oración. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, quien vive ya en la visión de Dios cara a cara, San Josemaría, nos recuerda de un modo particular que hemos de ser “contemplativos en medios del mundo”.

La vida sobrenatural que Dios nos ofrece es vida contemplativa: es «conocimiento y amor, oración y vida» (Es Cristo que pasa, n. 163). Conocimiento amoroso de Dios, trato íntimo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se ha de realizar en la oración y en la vida ordinaria: en los momentos dedicados exclusivamente al diálogo con Dios -imprescindibles como el horno del hogar donde se enciende el fuego del amor divino-, y en el trabajo profesional y en la vida familiar y social, transformando toda la existencia en “vida en Cristo” (Cfr. Gal 2,20), de cara a Dios y de cara a los hombres, con el afán de corredimir con Él. Decidámonos seriamente a ser almas de oración a cultivar el diálogo con Jesús y con el Padre y con el Espíritu Santo, en todas las horas de nuestra vida, solamente así podremos estar a la altura de lo que el Papa y la Iglesia nos pide, y de lo que el mundo nos exige. Ese mundo al que debemos amar como decía San Josemaría, apasionadamente.

«El gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza —ha escrito el Papa Juan Pablo II—, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo, puede resumirse en uno solo: hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión» (Carta apostólica, Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 43).

Por eso, esmerémonos en promover una unión afectiva y efectiva con el Romano Pontífice, con los Obispos, los sacerdotes y con todo el Pueblo santo de Dios. Ésta es sin duda una de las tareas de la Prelatura del Opus Dei: fortalecer la unión, la comunión de todos en la Iglesia, y extender esta comunión a todos los hombres. En un documento del año 1934 escribía el Fundador de la Obra: «Hemos de dar a Dios toda la gloria. Él lo quiere (...). Y por eso queremos nosotros que Cristo reine (...). Y exigencia de su gloria y de su reinado es que todos, con Pedro, vayan a Jesús por María» Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam (Instrucción, 19-III-1934, nn. 36-37. Texto citado en el Discurso de Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, 18-V-1992).

Queridos hermanos: una inmensa y variada multitud de mujeres y hombres ofrecen estos días su trabajo convertido en oración y sus plegarias en agradecimiento por la vida santa del Fundador del Opus Dei, no solo los que estamos aquí, y quienes tuvimos la gran gracia de participar en la canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, sino también de todas aquellas personas que no pudieron venir por una u otra razón. En los cinco continentes: en pequeñas aldeas aisladas en las serranías de los Andes y en las pobladas islas del Japón; en las frías ciudades de Escandinavia y en las cálidas llanuras de Sudáfrica; y en Europa y Oceanía... y en tantos lugares del istmo centroamericano, ese istmo centroamericano llamado a unir, el puente de América, ese istmo centroamericano y panameño que tanto queremos y que en tantos lugares, en las riberas de los lagos y en las faldas de los volcanes guatemaltecos, en las orillas de los dos océanos, en Panamá, en los pueblos "ticos" que cultivan las virtudes cívicas y en las poblaciones "nicas", abundante en poetas, en ciudades salvadoreñas donde se trabaja con empeño y en los poblados y en los bosques embellecidos por la bondad del alma hondureña.

Agradezcamos ciertamente a Dios Nuestro Padre, a la Divina Providencia estas jornadas memorables que nos ha permitido el Señor vivir en Roma, junto al Santo Padre, con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Vivamos en una continua acción de gracias los tres meses finales del centenario de su nacimiento, que culminará el 9 de enero del próximo año, día también del cumpleaños de mi señora madre…quienes me conocen de cerca, dirán: otra vez Rodolfo, genio y figura hasta la sepultura.

Meditemos por eso con espíritu de oración su vida y sus escritos: nos impulsarán ciertamente a querer más a Dios y a todas las almas. Con fe y con humildad, acudamos al Sacramento de la Penitencia donde nos encontramos con Jesús que perdona; vayamos con dolor de amor, con fe renovada, con la frecuencia conveniente.

Busquemos sobre todo la intercesión de San Josemaría Escrivá para que nos facilite la conversión, el reencuentro con Cristo Jesús y con su gracia y, saben, lo más hermoso: sea en la invocación del Rosario, de Nuestra Señora de la Paz en san Miguel o la Virgencita de Suyapa en Honduras o la Virgen de la Inmaculada Concepción en Nicaragua, o en Costa Rica, Nuestra Señora de Cartago, o Santa María la Antigua de Panamá, en este camino de santidad, tengamos la certeza que nos acompaña siempre la Santísima Virgen María a la que el Papa ha confiado el tercer milenio, Estrella de la nueva evangelización, Aurora Luminosa y guía segura de nuestro camino; y hagámoslo también con un mínimo de inteligencia y conocimiento de la historia de la Iglesia en los dos mil años, porque la historia misma nos enseña a lo largo de dos mil años que no ha habido un profundo enamorado de Jesús, ¡que al mismo tiempo no haya sido un profundo enamorado de María, y cuando alguien ha dicho que es profundamente enamorado de Jesús y no de María, o crea el cisma o crea una herejía, por eso la devoción a María debe ser algo así como el sello que nos permite que estamos en esta Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, y yo digo a veces, también Romana. María es por eso, nuestra confianza, a Ella, a Ella, la Madre de Jesús y la Madre nuestra, acudimos a Ella siguiendo el ejemplo de un sacerdote santo profundamente enamorado de Dios y de María, la Madre de Jesús y Madre nuestra; que nos enseñe a quererla como la quiso y la quiere San Josemaría Escrivá. Ayúdanos por eso a seguir su consejo: "si quieres ser fiel, sé muy mariano". Alabado sea Jesucristo, hoy y siempre. Amén.