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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Ofrece tus molestias por esa labor

Etiquetas: Familia Escrivá, Muerte, Sacerdocio
El Fundador del Opus Dei dejó a su madre enferma en Madrid –como escribió quince años después– para ir a Lérida a dar un curso de retiro a sacerdotes diocesanos. No conocía la gravedad porque los médicos no pensaban que la muerte de mi madre fuera inminente, o que no pudiera curarse. Ofrece tus molestias por esa labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo: ¡este hijo!...

Ya en el Seminario de Lérida, donde estaban de retiro los sacerdotes, acudí al Sagrario: Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes. A mitad de los ejercicios, a mediodía, les hice una plática: comenté la labor sobrenatural, el oficio inigualable que compete a la madre junto a su hijo sacerdote. Terminé, y quise quedarme recogido un momento en la capilla. Casi inmediatamente vino con la cara demudada el obispo administrador apostólico, que hacía también los ejercicios, y me dijo: don Álvaro le llama por teléfono. Padre, la Abuela ha muerto, oí a Álvaro.

Volví a la capilla, sin una lágrima. Entendí enseguida que el Señor mi Dios había hecho lo que más convenía: y después lloré, como llora un niño, rezando en voz alta –estaba solo con Él– aquella larga jaculatoria, que tantas veces os recomiendo: fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen. Desde entonces, siempre he pensado que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

Era el 22 de abril de 1941. Don Josemaría acudió al gobernador civil de Lérida, al que conocía de Zaragoza, pues muchas veces le había acompañado a hacer catequesis por Casablanca:
Oye, Juan Antonio, se ha muerto mi madre. ¿Cómo podría yo llegar pronto a Madrid?
–Ahora va el coche mío, con el chófer.

Llegó a Madrid a las tres de la mañana. El cadáver de su madre reposaba ante el altar del oratorio, convertido en capilla ardiente. Lloró como un niño, como un hijo pequeño que ha perdido a su madre. A esa madre a la que no había podido acompañar a la hora de la muerte, porque el Señor le pidió ese sacrificio, por amor a los sacerdotes.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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