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Un ángel en la tierra

Me llamo Isabel Merino, soy del Opus Dei desde hace 25 años, estoy casada y soy madre de cuatro hijos.

6 de diciembre de 2011

Etiquetas: Cruz, Dolor, Enfermedad, Hijos, dificultades
El 13 de abril del 2008 nació nuestro hijo pequeño Iñigo. Fue un embarazo complicado, llevado en una unidad de alto riesgo. En una de las ecografías llevadas a cabo detectaron que nuestro hijo venía con una cardiopatía severa. Éramos conscientes de que tenía un 50% de posibilidades de nacer normal y un 50% de nacer con algún síndrome.

Durante el resto del embarazo tuve muy presente a San Josemaría cuando decía: “Si vienen contradicciones, está seguro de que son una prueba del amor de Padre, que el Señor te tiene” (Forja, 815).
Más que Él, Dios, nadie, -ni siquiera yo siendo su madre-, iba a querer lo mejor para nuestro hijo.

A las pocas horas de nacer nos dieron la noticia que días después se confirmaría con un estudio cromosómico: ¡nuestro hijo había nacido con síndrome de Down!

Tanta oración, tanta súplica, tanto pedir al Señor por la salud de nuestro hijo… ¿había servido para algo?. Tanta oración nos ayudó a aceptar con alegría la llegada de un hijo especial, a fiarnos de Dios. Tanta súplica fue escuchada e Íñigo superó, con cinco meses, una operación de corazón a vida o muerte! Dios escuchó nuestra petición, y hoy nuestro hijo tiene tres años y colma de felicidad a quien tenemos la dicha de compartir el día a día con él.

He meditado mucho –y he comprobado que es verdad- lo que dice san Josemaría en Camino: “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”.

Me siento una madre afortunada, y todos nos sentimos una familia afortunada. He de reconocer que, desde que ha nacido Íñigo, me siento más cerca de Dios, viviendo con un ángel en la tierra.

Cada día estoy más convencida de que Dios nos lleva de la mano, y, si nos fiamos de Él, nunca nos defrauda.