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San Josemaría, profesor

Pablo Pérez López

Etiquetas: Educación, Profesión, Comunicación
La revista Studia et Documenta ha publicado un artículo sobre las clases de ética y moral profesional que san Josemaría impartió en el curso oficial para la formación de periodistas en Madrid en 1940-1941. Se aborda la historia de ese curso y de su nombramiento como profesor, el contexto en que tuvo lugar, el programa que desarrolló y qué sabemos de sus clases a través de sus guiones y los testimonios de algunos alumnos. Se sitúan esos datos en el contexto de su pensamiento sobre el quehacer de los profesionales de la comunicación.

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“D. Josemaría tiene en su haber la concepción de un nuevo periodismo, distinto del que hasta entonces se realizaba, claustral y solemne. Nos imprimió una ética profesional más clara, más abierta, más alegre y más luminosa. Tenía un alto concepto de la dignidad profesional informativa” (Testimonio de Enrique del Corral Vázquez)

Abordamos en este artículo un episodio que constituye una singularidad en la vida de su protagonista. En efecto, aunque ejerció la docencia frecuentemente en su juventud y su dedicación a tareas de formación fue ininterrumpida, la que nos ocupa fue la única ocasión en que impartió una materia de enseñanza reglada en estudios promovidos por un organismo público. El hecho de que los destinatarios fueran personas que deseaban dedicarse al ejercicio profesional del periodismo añade otro elemento de interés, reforzado por el momento histórico en que ocurrió: en medio de una guerra que afectaba a casi toda Europa, y con España, que acababa de terminar su Guerra Civil, a punto de entrar en la contienda. Por otro lado, la actividad apostólica desarrollada por el Opus Dei adquirió en esos años creciente amplitud, chocó con la primera gran contradicción y recibió su primera aprobación canónica.

El asunto ha sido tratado ya, con gran acierto, por Ana Azurmendi en un breve trabajo preparado para el congreso celebrado con motivo del centenario de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Lo retomamos aquí con mayor amplitud, contando con nuevas fuentes, que completan las empleadas por la profesora Azurmendi, a las que también recurriremos. El esquema, en cambio, seguirá en buena medida el que ella trazó.

Antecedentes del nombramiento: al hilo de una amistad
“El latín para los curas y los frailes”. Josemaría Escrivá de Balaguer evocó a veces el recuerdo de esta frase suya, pronunciada en la adolescencia, que no le dejaba en buen lugar, pero que le servía para subrayar su ausencia de predisposición al sacerdocio. Pocos años después de esa manifestación de poco aprecio por el idioma de Cicerón, Josemaría era un buen conocedor de la lengua oficial de la Iglesia, y ese factor estuvo en la raíz de su actividad como profesor de periodistas unos años más tarde. La conexión entre uno y otro asunto tiene que ver con una peripecia personal reveladora de su talante humano.

En el curso 1925-1926, con 24 años, era a un tiempo un sacerdote recién ordenado, el responsable del sostenimiento de su madre y sus dos hermanos, que vivían con él en Zaragoza tras la muerte de su padre, y un estudiante de la carrera de Derecho. El aspecto que ahora nos interesa es el de menor relieve aparente: su condición de estudiante. Uno de sus compañeros de la Facultad de Derecho, Enrique Giménez-Arnau, recordaba: “Entre nosotros sólo se distinguía por sus hábitos talares. Era uno más entre los compañeros: charlaba con nosotros en los claustros de la Facultad, participaba en nuestras inquietudes estudiantiles, en los temores y albures de los exámenes”.

Enrique Giménez-Arnau tenía en ese curso 17 años, seis menos que Josemaría. Al parecer, la circunstancia que ayudó a estrechar la amistad entre estos compañeros de aulas fue que Enrique sabía poco latín y lo necesitaba para superar el examen de derecho canónico. Josemaría se ofreció a darle clases particulares, y de ahí nació la amistad del joven sacerdote con la familia Giménez-Arnau. Aunque no andaba holgado de dinero, se negó a cobrar nada a su amigo. Era un gesto típicamente suyo, de generosidad como manifestación de amistad, que prodigó a lo largo de su vida.

Los dos amigos se perdieron de vista al terminar la carrera y no volvieron a encontrarse hasta la década siguiente, cuando la casualidad los hizo coincidir en una calle de Burgos, en plena Guerra Civil, en 1938...

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