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Peregrino en Fátima

Mons. Alberto Cosme do Amaral

Etiquetas: Virgen, devoción, Virgen de Fátima
Con ocasión de la fiesta de la Virgen de Fátima, el 13 de mayo, publicamos el artículo que Monseñor Cosme do Amaral escribió en el primer aniversario de la muerte de san Josemaría. Destaca una de las facetas de su espiritualidad: la devoción a Nuestra Señora.

Vivió su amor a la Virgen, amor de enamorado, con la profundidad de un teólogo y la sencillez de un niño. Ya antes de su ordenación percibió que el Señor le pedía algo, que él no sabía concretar ni definir. Pero tenía el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios y, por eso, como el ciego del Evangelio, suplicaba constantemente: "Señor, que vea", y añadía "¡Que sea!".

San Josemaría en la explanada del Santuario de Fátima.
San Josemaría en la explanada del Santuario de Fátima.
Desde muy pronto confió a Nuestra Señora la fidelidad total a su vocación. En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en 1924, (todavía no era sacerdote), grabó en la peana de una imagen de la Virgen del Pilar esta pequeña jaculatoria: Domina ut sit –«¡Señora, que sea!».

Los cimientos de la Obra se apoyan en la roca viva de la entrañable devoción a Nuestra Señora que tenía su fundador. Más tarde escribiría con un saber, fruto de una experiencia intensamente vivida: "El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal" (Camino, 505).

El Opus Dei está marcado con esta señal desde sus inicios. Y siempre su fundador recorrió los difíciles caminos de la fidelidad mecido en los brazos amorosos de la Madre de Dios y Madre de los hombres.

Para Monseñor Escrivá, las peregrinaciones a los santuarios marianos eran una de las expresiones más bellas de su devoción tierna y fuerte a Nuestra Señora. Le gustaba hacerlas solo o en pequeños grupos, en un clima de recogimiento e intimidad. ¡Con qué encanto nos habla de aquella peregrinación a la que asistieron tan sólo tres personas al santuario de Sonsoles, en los alrededores de Ávila! ¡Y las de Loreto o Lourdes repetidas tantas veces!

Lucia
En la década de los cuarenta hizo las primeras visitas a Portugal para poner los cimientos del Opus Dei en nuestra patria, que él amaba entrañablemente y a la que le gustaba llamar «Tierra de Santa María». Para él, venir a Portugal era lo mismo que ir a Fátima. Y fue allí, en la Cova de Iria, donde entregó las primicias de la Obra, destinada a producir frutos maravillosos entre las gentes portuguesas de todas las condiciones. En Tuy visitó a la hermana Lucia, entonces religiosa dorotea, que comprendió admirablemente el espíritu del Opus Dei: santificación en la vida corriente y ordinaria, contemplación en medio del mundo. Para un socio del Opus Dei su celda es la calle. Una anécdota curiosa: fue Lucia la que intervino en la solución de las dificultades burocráticas para que Monseñor Escrivá pudiese entrar en Portugal en aquel momento. Siendo carmelita en Coimbra, recibió en diversas ocasiones al fundador del Opus Dei, que amaba ardientemente la vida religiosa y en especial a las órdenes contemplativas. El Carmelo de Santa Teresa en Coimbra y la Cova de Iria en Fátima eran escalas obligatorias para Monseñor Escrivá, profundamente contemplativo y mariano.

El fundador del Opus Dei amaba con locura al Romano Pontífice y a los obispos de la Santa Iglesia. Por eso no hacía nada sin su aprobación. Habló varias veces con el obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, que apoyó con brazos y corazón abiertos, el arranque en aquella ciudad de la Obra, que entonces daba los primeros pasos.

Trató muy de cerca al obispo de Nuestra Señora, don José Alves Correia da Silva, a quien visitaba cuando hacia sus peregrinaciones a la Cova de Iría. Vivía y enseñaba a vivir aquella norma tan antigua:

Nihil sine Episcopo -nada sin el obispo-. Tenía un particular afecto hacia don José, manifestado en muestras evidentes de cariño, como el regalo de unas preciosas sacras para la capilla de la Casa Epis­copal y un expresivo telegrama que encontré en el archivo.

En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Papa Pablo VI, Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote
En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Papa Pablo VI, Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote, que siempre quiso ser sacerdote, y sólo sacerdote; sacerdote que amaba apasionadamente a Jesús y a su Madre. Al cruzarse en las carreteras de Portugal con los milla­res de peregrinos, que a pie se dirigían rumbo a Fátima, exclamaba emocionado: "¡Que Dios os bendiga por el amor que tenéis a su Madre!"

En otra peregrinación, en el año 1970, el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su pere­grinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Monseñor Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nues­tra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Monseñor Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se pue­de aliar perfectamente a la piedad de un niño. Pensé en los pas­torcitos de Aljustrel que vieron a Nuestra Señora y recibieron de ella el gran mensaje de salvación para el mundo de hoy, y pensé también en los pequeños y sencillos del Evangelio a los cuales el Señor prometió el Reino de los Cielos.

Otoño de 1972
La última peregrinación de Monseñor Escrivá al santuario de Fátima fue en otoño de 1972. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenida del mismo Jesucristo de salvar a todos.

En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oír encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos lle­nas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba.

En el amor a la Virgen Santa, Madre de la Iglesia y Madre de la Humanidad entera; en el amor a la Sagrada Familia, a la que le gustaba llamar la Trinidad de la Tierra; en el amor a la Trinidad del Cielo, aprendió él a amar a todos los hombres de todas las razas y condiciones, culturas y religiones. Con el buen humor que le carac­terizaba dijo un día al Papa Juan XXIII que no había aprendido de él el ecumenismo, ya que hacía mucho tiempo que lo vivía.

Escrivá se dio enteramente a los hombres; amó apasionadamente el mundo que salió maravilloso de las manos de Dios Creador. Llegó incluso a hablar de "materialismo cristiano" para dar a entender que las realidades terrenas y temporales, todas las tareas honestas de los hombres, son el lugar y el camino de santidad para los hijos de Dios. Esta es su misión: "hacer divinos todos los caminos de la tierra", bajo la protección de la Virgen Santa María, que encarnó la mayor santidad de cualquier criatura a través de la vida ordinaria de cada día. Que por la intercesión del fundador del Opus Dei sea finalmente vencida esta gran crisis mundial que es una crisis de santos.


Mons. Alberto Cosme do Amaral era Obispo de Leiria. A Voz do Domingo, Leiria (Portugal), 27 de junio de 1976

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