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Testimonios

Si quieres hacer cualquier cosa, debes hacerlo a lo grande

Mary Hamm, Directora ejecutiva del Centro Tepeyac para madres jóvenes, esposa y madre de 12 hijos.

6 de octubre de 2002

Etiquetas: Familia y profesión, Hijos, Pobreza, Presencia de Dios
Cuando la gente me pregunta cuántos hijos tengo, suelo responder que doce, más dos “non-profit”: en el fondo, trabajar en una organización “non-profit” es como tener un hijo más. Esto es algo que he aprendido gracias a Josemaría Escrivá de Balaguer y al Opus Dei.

Conocí el Opus Dei y las enseñanzas de su fundador cuando era joven, por medio de Camino. En aquello que leía resonaban las enseñanzas de mis padres sobre la “unidad de vida”: la vida sacramental debe transformar la vida cotidiana, con la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior. Es ahí, en la renovación diaria e incruenta del sacrificio del Calvario, donde encuentro fuerza para continuar construyendo la cultura de la vida.

Soy una madre con muy poca ayuda en casa, y por ello la mayor parte del tiempo lo paso trabajando para satisfacer las distintas necesidades de mi familia. Es precisamente esto lo que uno cada día al sacrificio de Cristo. Durante los primeros dieciocho años de mi matrimonio he tratado de realizar el ideal de la vida familiar de San Josemaría: crear un “hogar luminoso y alegre”. Cuando tenía once hijos, y el más pequeño con cuatro años, comencé a ampliar mi radio de acción y me empeñé también en construir una cultura de la vida, también fuera de mi familia.

La gente suele preguntarme: “¿Has estudiado en Harvard y tienes doce hijos?” Y yo respondo: “Bueno, allí me han enseñado que si quieres hacer cualquier cosa, debes hacerlo a lo grande”. En realidad es san Josemaría quien, con su intuición de que “...estas crisis mundiales son crisis de santos” (Camino, 301), me ha ayudado e inspirado a “remar mar adentro” en mi actividad de crear una nueva cultura de la vida.

Trabajo en el Instituto Nacional para la Mujer (National Institute of Womanhood, NIW), del que he sido socia fundadora y Vicepresidente. Cada vez era más evidente que la batalla por la promoción de la mujer se combatía a expensas de su papel fundamental de esposa y de madre. En el NIW trabajamos para forjar lo que es una “feminidad auténtica”. A menudo los amigos me decían: “¿Donde encuentras tiempo para el NIW?”, y yo respondía: “Precisamente porque tengo varios hijos, siete de los cuales son chicas, debo luchar por defender los derechos de la maternidad”. En 1994 y 1995 las Conferencias de las Naciones Unidas en el Cairo y en Pekín afrontaron las cuestiones relativas al “género” y a los “roles del género”. Una vez más la intuición del fundador del Opus Dei, esta vez sobre el “talento femenino”, me sirvió como principio de guía. Desde mediados de los 90, he tenido que buscar un empleo y comencé a trabajar en el Centro Tepeyac, un instituto que presta auxilio a madres solteras, donde pude continuar promoviendo la causa de la “feminidad auténtica” y combatiendo la ola creciente de sensualidad con una “cruzada de virilidad y de pureza” (Camino, 121).

Tepeyac ayuda a mujeres que se encuentran con un embarazo no deseado. La mayor parte de ellas han emigrado, en los últimos años, de los países de América Central y del Sur, para huir de la guerra, de la pobreza o de ambas cosas. Aprendí de Josemaría Escrivá que no existen “almas de desecho”, y esto se aplica de modo particular al hijo aún no nacido de una mujer pobre. Durante los siete años que he trabajado aquí, el Centro Tepeyac ha crecido de un centenar de mujeres asistidas a unas mil. Puedo decir con certeza que esto se debe, en gran parte, a la fidelidad al plan de vida trazado por el fundador del Opus Dei. Sus enseñanzas sobre “la grandeza de la vida corriente” me recuerdan siempre que mi “barca -tus talentos, tus aspiraciones, tus logros- no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que Él pueda entrar ahí con libertad” (Amigos de Dios, 21). La Santa Misa diaria, el rezo del Rosario, la lectura espiritual, alimentan mi vida de oración y son como el pegamento que mantiene unidas mi familia y mi casa, mientras que me permite a la vez llevar el mensaje de la cultura de la vida al escenario nacional e internacional.

Suelo recordar que Josemaría Escrivá, en sus largos recorridos a pie por las calles de Madrid, tenía la costumbre de buscar y encontrar muchas imágenes de la Virgen y muchos Sagrarios, y nos animaba a hacer lo mismo, saludando al Señor cuando lo encontramos por la calle, quizá solo con una mirada y una jaculatoria. También yo he comenzado a mirar a mi alrededor con más atención, y recorriendo el camino hacia el Centro Tepeyac he encontrado rincones escondidos, donde puedo saludar silenciosamente al Señor y a la Virgen. También he enseñado a mis hijos a saludar de este modo al Señor cuando damos una vuelta por la ciudad.

Esforzándome por poner en práctica la llamada a la evangelización, he aprendido también de Josemaría Escrivá “el apostolado epistolar”, que me ayuda a aumentar mi radio de acción, especialmente con los colaboradores del Centro. Sus palabras sobre el apostolado de la opinión pública me estimulan a procurar entrar en contacto con periodistas, y cuando asisto a algún encuentro trato de llevar conmigo el material informativo. Él decía que “de cien almas nos interesan las cien” (Forja, 183), y trato de hacer mía esta idea. Recuerdo haber escuchado que cuando vio las imágenes de los astronautas sobre la luna, rezó por ellos; también yo busco rezar por las personas que veo en la televisión. He aprendido a intentar amar y rezar por todas las personas, sean de derecha o de izquierda, como hacía él mismo.

Con su canonización Josemaría Escrivá se convertirá en fuente de inspiración y maestro para innumerables almas que, como yo, viven una vida normal y quieren buscar la unión con Dios en esta normalidad.