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Testimonios

También para sacerdotes diocesanos

Enrique Pèlach, obispo emérito de Abancay, Perú

27 de diciembre de 2005

Etiquetas: Apostolado, Sacerdocio, Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Vida interior
Del Opus Dei tuve la primera información –y muy buena– el año 1941, con motivo de una de tantas persecuciones que padeció san Josemaría Escrivá de Balaguer y su Obra; aquella vez en Barcelona.
Seminarista aún, estaba de vicerrector del seminario de Gerona, y el Rector, el doctor Damián Estela, recibió noticia de que en Barcelona habían expulsado de la Congregación Mariana a dos jóvenes, por ser miembros de una “secta herética” llamada Opus Dei. Esta fue la noticia que llegó al seminario de Gerona. No sabíamos más. El Rector, alarmado por la vecindad que teníamos con Barcelona, a sólo cien kilómetros, me comentó la noticia. Me ofrecí a viajar allí y enterarme de lo sucedido.
En Barcelona residía un sacerdote amigo, escritor, el doctor Ricardo Aragó, que sabía cuanto sucedía en el mundillo eclesiástico. Él podría informamos bien. Este sacerdote, mayor que yo, era oriundo de una masía muy cercana a la de mis padres, pero vivía en Barcelona.
En el primer tren de la mañana viajé a Barcelona y, de la estación, en taxi , a Sarriá, la parte alta de la ciudad, donde vivía el doctor Aragó. Se llevó una sorpresa al abrirme él mismo la puerta.
-¡Qué milagro! ¿Qué te trae?
- Necesito una información.

Y casi sin preámbulo, ya sentados, le pregunté por la “herejía” Opus Dei.
- No es herejía, me dijo; sino una obra de mucho bien y de un gran porvenir para la Iglesia.

Pensé que no le había expresado bien el tema, e insistí.
- No, doctor Aragó, yo pregunto por una herejía que dicen que es muy perniciosa y que desorienta especialmente a la juventud.
- Sí, claro, el Opus Dei –me repitió–; pero esto no es una herejía, sino una organización de un gran porvenir para la Iglesia. Es una obra muy buena.

Entonces me contó con lujo de detalles quién era el Fundador, cuándo había nacido el Opus Dei, qué pretendía y por qué era perseguido injustamente, incluso por gente buena que veía herejías donde había una llamada universal a la santidad y un querer ser santos en medio del mundo, metidos en los trabajos y quehaceres de la vida ordinaria.
Salí para tomar el tren hacia Gerona con una idea bien clara: el Opus Dei no sólo no era una herejía, sino que se trataba de una obra buena y de mucho porvenir para la Iglesia. No tenía ya que preocuparse el Rector del Seminario. Le conté la larga entrevista con un sinfín de pormenores, y quedaba claro que no había por qué temer, sino alegramos de que Dios hubiera suscitado algo tan bueno en la Iglesia.

Año Santo 1950
Estaba por terminar la década de los 40, y era exactamente el 3 de diciembre de 1949, cuando conocí personalmente al Fundador del Opus Dei.
En Roma se vivía gran expectación por el Año Santo de 1950, que prometía grandes celebraciones. El embajador español ante la Santa Sede tuvo la feliz idea de organizar un almuerzo y encuentro de la colonia española en Roma, para conversar sobre el Año Santo. Allí estaba yo por aquellos años.
En el gran comedor del Colegio los alumnos nos situamos en las mesas junto a las paredes, dejando en el centro mesas en forma de una gran T, para los invitados. En la presidencia estaba Monseñor Escrivá junto al Embajador, el Rector Don Jaime Flores y otras personalidades. Era el 3 de diciembre del 49, a mediodía, y no se me olvida.

Monseñor Escrivá era muy requerido por todos, unos y otros le saludaban y hablaban con él. Me fui acercando y, ya junto a él, se volvió hacia mí; me presenté y añadí que quería pedirle un consejo.
- Dime, hijo mío, ¿qué quieres?
En pocas palabras le expuse mi proyecto y mi gran dificultad: los señores obispos.

- Mira, hijo mío, –me dijo seguido–: en primer lugar encomiéndalos mucho; en segundo lugar ofrece estudio, trabajo, horas; después, vete a hablar a solas y confiadamente a cada obispo; y en cuarto lugar, ponlo en marcha.

No añadió nada más, ni yo tampoco. Le agradecí el consejo y me retiré del grupo. Quedó grabado tan a fuego lo que me dijo, que han pasado muchos años y lo recuerdo textualmente. El 7 de enero regresaba a Roma teniendo ya en marcha toda la organización inicial que deseaba.
Mientras, corría el Año Santo, realmente esplendoroso en Roma. A mitad de mayo tuvo lugar la canonización de San Antonio María Claret, un santo catalán –de Vich, por más señas–, que fue Obispo de Cuba. Acudieron a la canonización muchos españoles y el embajador Ruiz Jiménez ofreció, de nuevo, un almuerzo y agasajo en el mismo Palazzo Altems –el Colegio Español– a las personalidades llegadas y a algunas de la colonia romana.

Estuvo también invitado Monseñor Escrivá, y esta fue mi oportunidad para agradecerle su acertado consejo. Como la vez anterior –3 de diciembre–, después de la visita al Santísimo, me acerqué y enseguida me dijo:
- Te recuerdo, hijo mío.

Y antes de que pudiera decirle algo, me cogió del brazo y fuimos caminando rápido, huyendo del barullo, hasta la galería abierta, que había en frente, al otro lado de patio interior. Allí no había nadie. Nos detuvimos y él me escuchó mientras le daba gracias por el buen consejo; le conté las gestiones hechas y que ya estaba el proyecto misionero en marcha.

No hizo ningún comentario. Al terminar mis cuatro palabras, pasó su mano por detrás de mi espalda y me cogió del brazo derecho, apretándome fuerte contra su pecho y comenzamos a caminar a lo largo de la galería. Monseñor Escrivá me iba hablando de tema bien diferente al que yo traía, aunque tenía relación. Me hablaba de sacerdocio, de santidad, de amor a la Iglesia, de entrega personal, de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. ¡Me llevé una impresión fortísima! Me di cuenta de que me estaba hablando un hombre de Dios, un sacerdote santo.
Al llegar al final de la galería, no me soltó; dimos vuelta y siguió hablándome, caminando igual, yo apretado a su pecho. Recuerdo que era un caminar algo incómodo, porque las dos sotanas se enredaban, pero al final de la galería tampoco me soltó y así dimos unas cuantas vueltas, no se cuántas –quizá ocho o diez–, despacio, siempre hablándome con palabras de fuego y yo contestando con algún monosílabo.

El impacto que me causó fue indescriptible. Encontrarme de repente con un sacerdote santo que se interesaba por lo esencial de mi vida y de un modo tan directo y personal, fue algo tan profundo que cuando quise rehacer toda la conversación –mi parte fue mínima–, ya no pude. La impresión me había avasallado y los propósitos surgían.
En aquel momento el clero diocesano no tenía aún cabida dentro del Opus Dei. Lo tendría un mes más tarde, el 16 de junio de aquel año 1950, cuando Pío XII firmó la aprobación definitiva del Opus Dei, de la que forma parte inseparablemente unida la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que podrían asociarse otros sacerdotes diocesanos. No me enteré entonces de aquella aprobación trascendental, que tendría tanto que ver en mi vida.

El Opus Dei en Gerona
Al finalizar mis estudios universitarios en Roma en 1951, regresé a Gerona a mi seminario. El año siguiente un grupo de jóvenes tenía un curso de retiro que daba don Florencio Sánchez Bella, sacerdote del Opus Dei que residía Barcelona.

Al regresar fueron a casa de mi tocayo y amigo Enrique Salvatella, quien me llamó por teléfono preguntando a qué hora podía recibir a un sacerdote del Opus Dei que acababa de darles un curso de retiro en Bañolas y deseaba hablar conmigo.
-“Mira, Enrique –le dije–, escucho por teléfono el rumor de las voces de hombres, que deben ser los que estuvieron en el retiro.”
- Así es; están conversando con el mosén.
- Pues mejor voy a tu casa, y no le quito tiempo. En el Seminario estamos ya de vacaciones.

En diez minutos, me presenté a aquel tercer piso de la calle Santa Clara.
- Mejor entra a mi despacho –se excusó Enrique–, porque tengo la casa llena.
- Les oigo y parece que están muy contentos.
-¡Ha sido fantástico! Aquí podrán hablar tranquilos. Aviso al Mosén.

Enseguida entró rápido aquel sacerdote joven –don Florencio–. Apenas nos saludamos, como si fuéramos viejos amigos –no nos habíamos visto nunca–, me dijo con su hablar rápido y seguido:
- Estos señores han hecho un curso de retiro en Bañolas. Algunos ya son del Opus Dei y otros quieren serlo. Les pregunté quién les podría confesar y dirigir, un sacerdote que entendiera el Opus Dei –porque yo vivo en Barcelona–, y me han dicho que Mosén Pélach. Parece que todos te conocen. ¿Estás de acuerdo?
- Un momento –le dije–.
-¿Tienes algún reparo al Opus Dei?
- No, ninguno. Lo admiro, pero lo conozco poco. Me dices que algunos ya son del Opus Dei y que otros quieren serlo. Me tendrás que contar algo del Opus Dei. Si no, ¿cómo les dirijo?
- Mira, la espiritualidad de estos señores es perfectamente secular, como lo es la de un sacerdote diocesano.

Como por un resorte del sillón, me encontré de pie.
-¿Qué hay en el Opus Dei para los sacerdotes diocesanos?–pregunté–.

Don Florencio echó una carcajada diciéndome:
- Siéntate, siéntate... –Y comenzó a contarme–.

Mientras le escuchaba muy sorprendido, pensé que no me había enterado por los años que estuve en Roma, en la universidad, y comenté muy convencido:
- Entonces ¡debe haber muchos sacerdotes diocesanos en el Opus Dei!
- Mira, en la Obra no cuentan las estadísticas –se limitó a decir–.

Confieso que esto me dio especial alegría. Hay que hacer el bien sin alharacas. (Si bien más tarde me enteré de que yo había sido el primer sacerdote diocesano de España y del mundo en pedir la admisión a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz).

Siguió don Florencio contándome detalles de esta novedad, que yo iba descubriendo y en la que iba embebiéndome. En un momento en que me hablaba de la universalidad de la Obra, le pregunté:
-¿Está previsto que un sacerdote diocesano pueda ir a misiones?
- Sí –me contestó– pero el Padre tiene escrito en una instrucción que deberá ir en grupo y con la seguridad de tener siempre atención humana y sobrenatural, según nuestro espíritu.

Otra vez de pie y convencido exclamé:
- Siendo así, ¡apúntame!!!
- No, ahora no. Tienes que pensarlo bien y encomendarlo mucho.
-¡Apúntame! –repetí–. Lo tengo bien pensado y encomendado. Incluso he buscado esto por toda Europa.
- Y resulta que lo encuentras en Gerona mismo –comentó sonriente–.

Seguimos hablando un rato más. Luego me dijo que volvería a los ocho días y seguiríamos conversando. Que encomendara mucho a la Virgen mi vocación al Opus Dei. Y nos despedimos. Al bajar las escaleras me di cuenta de que no habíamos hablado nada referente a la dirección espiritual de aquellos señores, sólo de lo referente a mí.
Caminaba radiante de alegría con el pensamiento y la imaginación a tope, tanto que, casi a mitad del puente del río Oñar, me encontré detenido y diciendo con algo más que un susurro: “¡Estic pescat!”. El ruido de las palabras me despertó y, caminando rápido, llegué como en un suspiro, ante el sagrario de la Iglesia del Seminario.

La espera
¡Y vaya si recé!... ¡A cada rato! Me venía constantemente el recuerdo del gran descubrimiento. Allí estaba el tesoro escondido que había buscado a través de siete naciones, la perla preciosa de la parábola del Evangelio. Me sentía el hombre feliz.

Tardaban en pasar los ocho días, y aun fueron diez, hasta que llegó a verme y a conversar, pero no don Florencio, sino otro sacerdote, don Emilio Navarro. En la conversación –que duró horas–, fue dándome detalles de la vida y espíritu del Opus Dei. También me dio a leer un escrito del Fundador; me dijo que Dios llama a cada uno donde está, y que por tener vocación al Opus Dei no se saca a nadie de su lugar, y en consecuencia el sacerdote diocesano siempre obedecerá a su Obispo. Que no tendría superior alguno en el Opus Dei, del cual recibiría el espíritu inspirado por Dios al Padre Escrivá y la ayuda sobrenatural para santificarme en el ejercicio de mi ministerio, “por ser ese el trabajo del sacerdote” –añadió–. Me habló de unidad de vida, de la importancia de las cosas pequeñas, de amar la vida ordinaria, de estar muy unido a los demás sacerdotes, del “nihil sine episcopo”, y de muchas cosas más.

Estaba de acuerdo en todo y deseaba oficializar mi entrega total cuanto antes. Por tanto, “apúntame de una vez al Opus Dei”. Se sonrió... y me dijo que en ocho días más vendría don Florencio y que tratara esto con él, y que, mientras, siguiera pensándolo bien y encomendándolo a la Virgen Santísima, que nos quiere mucho. Me dio la dirección de Don Florencio y nos despedimos.

¡Qué hermoso era todo! ¡Qué gran invento para que el sacerdote diocesano nunca se sienta solo y siempre tenga la ayuda humana y sobrenatural que necesite! Está claro que esto está inspirado por Dios. Estos y otros pensamientos hacían larga la espera. ¿Por qué no querrán apuntarme, si les he dicho y redicho a uno y a otro que lo veo claro y que estoy totalmente decidido? A veces tarareaba una canción de amor que comienza: “Quien espera desespera”, y más adelante asegura: “Vendrá, vendrá la felicidad”.

Ni a los ocho ni a los diez días llegó don Florencio. Los tres días había ido a la estación del ferrocarril a esperarle, y nada. Subí al primer tren que salía para Barcelona y me fui a Monterols.
-¿Que te trae? –me dijo al verme–.
¡Cómo que “qué me trae”!
Me dio un abrazo y entramos a una salita. Conversamos largo y, al salir, sabía que tenía que escribir una carta sencilla, familiar, al Padre pidiendo formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. (Entonces me enteré que para formar parte no nos “apuntan”...)
“Mientras –me dijo al despedirnos– sigue rezando y ofreciendo, y cuando llegue una fiesta de la Virgen que te agrade, escribe la carta: una carta sencilla, familiar, al Padre” –me repitió–.
La feché el 5 de agosto de 1952. Este día se celebra la fiesta de la Virgen de las Nieves. Es la fiesta de la Basílica de Santa María la Mayor, la primera iglesia construida en Occidente en honor a María Santísima. Una nevada indicó el lugar en Roma, después del gran Concilio de Éfeso, que definió como dogma de fe que la Madre de Jesús, Hijo de Dios, es verdadera Madre de Dios. Quise poner en manos de la Virgen mi entrega total en el Opus Dei, que no quería jamás desmentir. Ella me ayudaría a ser fiel.