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Testimonios

Una aventura genial

Mariana González, maestra, y Germán Iramendi, funcionario bancario, Uruguay

1 de diciembre de 2002

Etiquetas: Defectos, Hijos, Matrimonio, Santa Pureza
San Josemaría es el “culpable” de haber convertido nuestra vida de novios primero, y de casados ahora, en una “aventura genial”.

Durante el noviazgo seguimos su consejo, “que os queráis, que os tratéis, que os conozcáis; os digo que os respetéis mutuamente, como si cada uno fuera un tesoro que pertenece al otro...”. Es cierto que vivir el noviazgo limpiamente cuesta, pero ¡vale la pena! Hay que aprovechar ese tiempo para hablar. ¿Y de qué hablar? De todo y de nada, de lo importante y de lo trivial, así después de la luna de miel uno no tiene “sorpresas”. Si los novios, en vez de hablar, emplean ese tiempo en manifestaciones de afecto propias del matrimonio probablemente no lleguen a conocerse bien. Era lindísimo pasar horas hablando de nuestro futuro juntos: dónde viviríamos, cuántos hijos tendríamos, cómo los educaríamos. Hablamos incluso de colegios, y hasta tratábamos de predecir cómo sería la convivencia diaria, en qué debería ceder cada uno, en qué cambiar, y muchas cosas más. Procuramos también conocer los defectos del otro para que como decía el Padre “¡...que améis todos los defectos mutuos que no son ofensa a Dios!”.

Nos ayudó a llegar al matrimonio con tranquilidad y plena libertad. Sabíamos que “el matrimonio es de uno con una y para siempre”, y que si luchamos cada día por conservar lo que tenemos, la gracia de Dios no nos va a faltar. Creemos que muchos de los problemas que llevan al divorcio a tantas parejas jóvenes hoy en día es el tener en mente que si algo no funciona, existe una escapatoria, una salida a la cual recurrir; eso les quita la posibilidad de sacrificarse el uno por el otro, de afrontar los problemas de cada día desde diferente punto de vista, sabiendo que uno se comprometió a sacar algo adelante.

El Fundador del Opus Dei también animaba a no tenerle miedo a la vida, es decir, a no segar las fuentes de la vida y no quejarnos nunca de los hijos, a recibirlos con amor como lo que son: “una prueba de confianza del Señor, que os manda esas criaturas para hacer de vuestra casa un cielo”. Y eso nos llevó a vencernos, porque a veces los hijos preocupan “económicamente”, o exigen mucha atención. Por ahora tenemos a María Paz y estamos de acuerdo en que es lo más grande que nos pasó.

Sabemos que prácticamente somos recién casados y que, si Dios quiere, nos quedan muchos años juntos en la tierra por delante. Pero en estos dos años hemos aprendido que no hay que tenerle miedo al “desgaste” por el paso del tiempo. San Josemaría nos ha dado consejos para el camino “...reñir, pero poco. Y después los dos han de reconocer que tienen la culpa, y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo...”. Y aconsejaba nunca reñir delante de los hijos.

También les pedía a mujer y marido a no “abandonarse”. A las mujeres les decía que procurasen conservarse “jóvenes y guapas, que la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta”, “¡es cosa de justicia!” decía. Y a los hombres que demostraran siempre el amor a su mujer. “¡No seáis tacaños!. Hay que ser un poco novios toda la vida... Ir a casa cansado, poniendo una cara larga...¡no va! Vuestra mujer necesita dos besos vuestros cuando llegáis...”. Y así nos mostraba que el matrimonio también es sacrificio, pero gustoso, es dejarse el alma “para que los demás pisen blando” y así es como se convierte no sólo en camino de fidelidad, sino también de felicidad.

Es muy difícil darse cuenta de cuánto ha influido una determinada persona en nuestra vida, recién ahora y por este testimonio, podemos llegar a verlo un poco más claro. Le estamos eternamente agradecidos a San Josemaría por sus enseñanzas y sabemos que Dios nos pedirá cuenta por haberle “conocido”, y que nos ayude a que esta “aventura genial” de la cual comenzamos hablando siga su cauce, y después de María Paz vengan varios hijos más.