Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Dios se hizo el encontradizo hasta convencerme

El 26 de julio de 2011 me encontraba volando con destino a Polonia, con escala en Amsterdam. Iba en un Boeing 737-800, en el asiento del centro, medio dormido, escuchando algo de música. A mi derecha estaba sentado un señor, y a mi izquierda, una chica joven, que se encontraba algo molesta por problemas con su equipaje. El señor comentaba "¡qué calor!", mientras lo escuchaba y asentía con la cabeza. Él, al acomodarse, empezó a hojear el periódico y a comentar algunas cosas sobre lo que leía; en ese momento vio algo sobre una película, "Encontrarás Dragones", y me preguntó si la había visto. Después de quitarme los cascos, le dije que sí, que era buena.

Ahí empezó una conversación que ha durado hasta hoy. Ese primer encuentro duró poco más de 4 horas, hasta que llegamos a Ámsterdam. Me encontré contándole a este señor mi vida entera con cierto detalle. Le comenté donde crecí, cómo había sido educado en la fe y, aún más, mis inquietudes con respecto a la misma. En ese momento estaba bastante alejado de la Iglesia, de sus enseñanzas, y de lo que mis padres, con tanto cariño, de palabra y con su ejemplo, me habían enseñado.

Todo empezó con la película y su personaje principal, san Josemaría Escrivá de Balaguer. Luego le conté sobre mi primer contacto con el Opus Dei. Aquel señor era el segundo contacto, o el tercero, depende de cómo se cuente.

El primer encuentro con el Opus Dei
El primero fue en una situación personal bastante difícil. Cuando se agotaron mis fuerzas, decidí buscar a Dios. Hoy debo decir que entonces fue, tristemente, mi último recurso. Mi madre confiesa haber estado orando por mí y por mi fe sin cansancio, como sólo una madre lo puede hacer. Un día, viendo claro que tenía que reconciliarme con Dios, fui a la Basílica de San Miguel en Madrid, decidido a confesarme. Justo al entrar a la Basílica observé un cartel que decía “Retiros Martes 20:00 en la Cripta”. Aquel día era martes y después de haberme confesado, decidí asistir al retiro. Bajé a la Cripta, un poco más tarde de las 20:00. Había poca luz y, al fondo, un sacerdote en una mesa, en la que una lámpara alumbraba las tarjetas y textos que utilizaba.

Pronto empecé a comprender que lo que ese sacerdote decía, era exactamente lo que mi alma necesitaba escuchar, además de hacernos reír con algunas anécdotas. Al cabo de un rato, la gente empezó a salir, quedándose alrededor de la iglesia. Hice lo mismo que ellos, y a los pocos minutos una persona se acercó y me preguntó mi nombre y alguna información más. Me dijo si conocía la historia de la Basílica, a lo que respondí que no, y de manera muy breve y entretenida me la contó. Luego me preguntó si sabía que esa iglesia estaba confiada al Opus Dei. Sí que tenía alguna idea. Y a la tercera me preguntó ya directamente sobre mi formación como católico, a lo que brevemente comenté mis días de cantar en el coro, asistir a catequesis y los muchos eventos a los que asistí con mis padres durante mi adolescencia. Cuando me comentó si deseaba continuar mi formación, en mi mente eso fue como la respuesta a las plegarias de mi madre e incluso, tras haberme confesado, a las mías. Le di mis datos de contacto, él me dio los suyos y me dijo que un conocido suyo me llamaría al día siguiente para concretar una cita. Al día siguiente recibí la llamada, me encontré con esta persona y empecé a asistir a los medios de formación en un centro del Opus Dei.

A los pocos meses, me tuve que mudar a Murcia por cuestiones de trabajo y allí me volví a alejar de la Iglesia y dejé de asistir a los medios de formación. Al poco tiempo me vi obligado a regresar a Madrid, puesto que todo fue mal con la empresa y una vez más me vi en la calle. Un amigo, aquí en Madrid, muy amablemente me ofreció quedarme en su casa mientras buscaba algo, y con él y su esposa empecé a ir a Misa de nuevo. Sin embargo, más adelante, mi relación con Dios volvió a enfriarse.

Vuelta al viaje en avión
Pero volvamos al viaje del avión: todo lo que acabo de narrar se lo conté a este señor (Cuando ahora lo pienso no dejo de sorprenderme por estos “casuales” encuentros que Dios ha aprovechado para ir orientando mi vida). Al terminar de hablar, ya en Amsterdam y fuera del avión, me preguntó cuánto tiempo duraba mi escala. Le contesté que alrededor de 4 horas y me ofreció un mapa, indicaciones de qué sitios visitar, e incluso se ofreció a llevarme al centro de la ciudad, porque le recogía un amigo en el aeropuerto e iban para allá. Así lo hicimos, me llevó al centro de Amsterdam y me indicó cómo llegar a la estación central de trenes. Quedamos en que le devolvería el mapa cuando regresasara a Madrid. El señor era director de un centro del Opus Dei y me dio sus datos.

Un buen día, en agosto, fui a devolver el mapa a mi nuevo amigo. Por supuesto conversamos sobre mi viaje a Polonia, y de nuevo recibí el ofrecimiento de continuar mi formación católica. Esta era la segunda vez que Dios actuaba de esta forma, sólo que esta vez estaba un poco mejor preparado para responder. Tenía algo de miedo, pero quería ya ir más derechamente a lo que me pedía. Así que volví a asistir a los medios de formación cristiana.

A partir de ahí, cada día sentía y era más consciente de que estaba haciendo lo correcto, que, como podía, estaba respondiendo a la llamada de Dios, aunque en ese momento no sabía cuál era con certeza; pero con el tiempo y la orientación de mi director espiritual fui descubriendo las maravillas que Dios tenía preparadas para mí. Ahora, mi vida ha cambiado completamente, soy mucho más consciente de que lo que hago es para Dios, de que Dios me mira y está junto a mí todo el día, todos los días.

Durante este tiempo he comprendido lo importante que es trabajar cara a Dios, querer a tus compañeros y amigos con el cariño de Dios, el valor de las cosas pequeñas, la importancia del orden, del sacrificio, de la mortificación, de la oración, de la formación y que la santidad es algo que se construye todos los días pero que sin las gracias y ayuda de Dios no la lograremos.


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