22. La alegría de servir a Dios (25 de diciembre de 1973)

** También este texto es fruto de una reelaboración de san Josemaría, a partir de lo que había dicho en dos tertulias de las Navidades de 1973.


«Hoy brillará una luz sobre nosotros: porque nos ha nacido el Señor; y se llamará Admirable Consejero, Dios fuerte, Príncipe de la Paz, Padre sempiterno»1.

Nos hemos preparado, hijas e hijos queridísimos, para la solemnidad de este día, tratando de construir con el corazón un Belén para nuestro Dios. ¿Os acordáis de cuando erais pequeños? ¡Con qué ilusión sabíamos preparar el Nacimiento, con sus montañas de corcho, sus casas minúsculas, y todas esas figurillas alrededor del pesebre donde Dios quiso nacer! Sé bien que, cuanto más tiempo pasa, por aquello de que el Opus Dei es para cristianos adultos que por amor de Dios se saben hacer niños, mis hijas y mis hijos van siendo cada día más pequeños. Con mayor ilusión, pues, que en nuestros años de infancia, habremos preparado el portal de Belén en la intimidad de nuestra alma.

«Dies sanctificatus illuxit nobis; nos ha amanecido un día santo: venid, gentes, y adorad al Señor; porque hoy ha descendido una Luz grande sobre la tierra»2. Querríamos que le trataran muy bien en todos los rincones, que le recibieran con cariño en el mundo entero. Y habremos procurado cubrir el silencio indiferente de los que no le conocen o no le aman, entonando villancicos, esas

canciones populares que cantan pequeños y grandes en todos los países de vieja tradición cristiana. ¿Os habéis fijado que siempre hablan de ir a ver, a contemplar, al Niño Dios? Como los pastores, aquella noche venturosa: «Vinieron a toda prisa, y hallaron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre»3.

Es razonable. Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. «Vultum tuum, Domine, requiram»4, buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no «como en un espejo, y bajo imágenes oscuras… sino cara a cara»5. Sí, hijos, «mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?»6.

Hijas e hijos de mi alma: verle, contemplarlo, conversar con Él. Lo podemos realizar ya ahora, lo estamos tratando de vivir, es parte de nuestra existencia. Cuando definimos como contemplativa la vocación a la Obra es porque procuramos ver a Dios en todas las cosas de la tierra: en las personas, en los sucesos, en lo que es grande y en lo que parece pequeño, en lo que nos agrada y en lo que se considera doloroso. Hijos, renovad el propósito de vivir siempre en presencia de Dios; pero cada uno a su modo. Yo no debo dictaros vuestra oración; puedo, con un tanto de desvergüenza, enseñaros algo de cómo trato a Jesucristo.

Hablo ahora, hijos queridísimos, con un poco de orgullo: ¡soy el más viejo del Opus Dei! Por eso necesito que pidáis por mí, que me ayudéis especialmente en estos días en que el Niño Dios escucha a todas mis hijas y mis hijos, que son niños, almas recias, fuertes, con pasiones –como yo– que saben dominar con la gracia del Señor. Pedid por mí: para que sea fiel, para que sea bueno, para que sepa amarle y hacerle amar.

«Por el misterio de la Encarnación del Verbo, en los ojos de nuestra alma ha brillado la luz nueva de tu resplandor: para que, contemplando a Dios visiblemente, seamos por Él arrebatados al amor de las cosas invisibles»7. Que todos le contemplemos con amor. En mi tierra se dice a veces: ¡mira cómo le contempla! Y se trata de una madre que tiene a su hijo en brazos, de un novio que mira a su novia, de la mujer que vela al marido; de un afecto humano noble y limpio. Pues vamos a contemplarle así; reviviendo la venida del Salvador. Y comenzaremos por su Madre, siempre Virgen, limpísima, sintiendo necesidad de alabarla y de repetirle que la queremos, porque nunca como ahora se han difundido tantos despropósitos y tantos horrores contra la Madre de Dios, por quienes deberían defenderla y bendecirla.

La Iglesia es pura, limpia, sin mancha; es la Esposa de Cristo. Pero hay algunos que, en su nombre, escandalizan al pueblo; y han engañado a muchos que, en otras circunstancias, habrían sido fieles. Ese Niño desamparado os echa los brazos al cuello, para que lo apretéis contra el corazón, y le ofrezcáis el propósito firme de reparar, con serenidad, con fortaleza, con alegría.

No os lo he ocultado. Se han venido atacando, en estos últimos diez años, todos los Sacramentos, uno por uno. De modo particular, el Sacramento de la Penitencia. De manera más malvada, el Santísimo Sacramento del Altar, el Sacrificio de la Misa. El corazón de cada uno de vosotros debe vibrar y, con esa sacudida de la sangre, desagraviar al Señor como sabríais consolar a vuestra madre, a una persona a la que quisierais con ternura. «Que nada os inquiete; mas en todo, con oración y súplicas, acompañadas de acciones de gracias, presentad al Señor vuestras peticiones. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestras inteligencias en Jesucristo nuestro Señor»8.

Habiendo comenzado a alabar y a desagraviar a Santa María, enseguida manifestaremos al Patriarca San José cuánto le amamos. Yo le llamo mi Padre y Señor, y le quiero mucho, mucho. También vosotros tenéis que amarle mucho; si no, no seríais buenos hijos míos. Fue un hombre joven, limpísimo, lleno de reciedumbre, que Dios mismo escogió como custodio suyo y de su Madre.

De este modo nos metemos en el Portal de Belén: con José, con María, con Jesús. «Entonces palpitará tu corazón y se ensanchará»9. En la intimidad de ese trato familiar, me dirijo a San José y me cuelgo de su brazo poderoso, fuerte, de trabajador. Tiene el atractivo de lo limpio, de lo recto, de lo que –siendo muy humano– está divinizado. Asido de su brazo, le pido que me lleve a su Esposa Santísima, sin mancha, Santa María. Porque es mi Madre, y tengo derecho. Y ya está. Luego, los dos me llevan a Jesús.

Hijas e hijos míos, todo esto no es una comedia. Es lo que hacemos tantas veces en la vida, cuando comenzamos a tratar a una familia. Es el modo humano, llevado a lo divino, de conocer y meterse dentro del hogar de Nazaret.

Padre, me diréis, pero usted recibe sacramentalmente al Señor todos los días; cada mañana lo trae sobre el altar entre sus manos. Sí, hijos míos: estas manos mías manchadas son cotidianamente un trono para Dios. ¿Qué le digo entonces? Al calor del trato con la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, no tengo inconveniente en abriros el corazón. En esos momentos, invoco a mi Arcángel ministerial y a mi Ángel custodio, y les digo: sed testigos de cómo quiero alabar a mi Dios. Y, con el deseo, pongo la frente en tierra y adoro a Jesucristo. Le repito que le amo, y después me lleno de vergüenza, porque ¿cómo puedo asegurar que le quiero, si tantas veces le he ofendido? La reacción entonces no es pensar que miento, porque no es verdad. Continúo mi oración: Señor, te quiero desagraviar por lo que te he ofendido y por lo que te han ofendido todas las almas. Repararé con lo único que puedo ofrecerte: los méritos infinitos de tu Nacimiento, de tu Vida, de tu Pasión, de tu Muerte y de tu Resurrección gloriosa; los de tu Madre, los de San José, las virtudes de los Santos, y las debilidades de mis hijos y las mías, que reverberan de luz celestial –como joyas– cuando aborrecemos con todas las veras del alma el pecado mortal y el venial deliberado.

Con el Señor Jesús ya en mi corazón, siento la necesidad de hacer un acto de fe explícita: creo, Señor, que eres Tú; creo que real y verdaderamente estás presente, oculto bajo las especies sacramentales, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. Y vienen enseguida las acciones de gracias. Hijas e hijos de mi alma: al tratar a Jesús no tengáis vergüenza, no sujetéis el afecto. El corazón es loco, y estas locuras de amor a lo divino hacen mucho bien, porque acaban en propósitos concretos de mejora, de reforma, de purificación, en la vida personal. Si no fuese así, no servirían para nada.

Tenéis que enamoraros de la Humanidad Santísima de Jesucristo. Pero para llegar a la oración afectiva, conviene pasar primero por la meditación, leyendo el Evangelio u otro texto que os ayude a cerrar los ojos y, con la imaginación y el entendimiento, a meteros con los Apóstoles en la vida de Nuestro Señor. Sacaréis así mucho provecho. Puede ser que alguna vez os tome Él, y casi no os dé tiempo a terminar la oración preparatoria; luego, el diálogo o la contemplación viene sola. «Mientras está cubierta de sombras la tierra, y los pueblos yacen en las tinieblas, sobre ti amanece el Señor, y en ti resplandece su gloria»10.

Cuando os encontréis delante de nuestro Redentor, decidle: te adoro, Señor; te pido perdón; límpiame, purifícame, enciéndeme, enséñame a amar. Si no viviéramos así, ¿qué sería de nosotros? Hijos, estoy tratando de encaminaros por la senda que vosotros podéis seguir. No tiene por qué identificarse con la mía. Yo os doy un poquito de lumbre, para que cada uno prepare personalmente su lámpara11 y la haga lucir en el servicio de Dios. Lo que os aconsejo –repito– es mucha lectura del Santo Evangelio, para conocer a Jesucristo –perfectus Deus, perfectus Homo12–, para tratarle y para enamorarse de su Humanidad Santísima, viviendo con Él como vivieron María y José, como los Apóstoles y las Santas Mujeres.

«Una sola cosa pido al Señor, y ésta procuro: vivir en la casa de mi Dios todos los días de mi vida»13. ¿Qué pediremos entonces a Jesús? Que nos lleve al Padre. Él ha dicho: «Nadie viene al Padre sino por mí»14. Con el Padre y el Hijo, invocaremos al Espíritu Santo, y trataremos a la Trinidad Beatísima; y así, a través de Jesús, María y José, la trinidad de la tierra, cada uno encontrará su modo propio de acudir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la Trinidad del Cielo. Nos asentamos –con la gracia de Dios, y si queremos– en lo más alto del cielo y en la bajeza humilde del Pesebre, en la miseria y en la indigencia más grande. No esperéis, hijos, otra cosa en el Opus Dei: éste es el camino nuestro. Si el Señor os exalta, también os humillará; y las humillaciones, llevadas por amor, son sabrosas y dulces, son una bendición de Dios.

Hemos procurado vivir este año que pasó, según aquel propósito: ut in gratiarum semper actione maneamus! Sin abandonar las acciones de gracias, os pido ahora, hijas e hijos míos: «Servite Domino in lætitia!»15, que sirváis al Señor con alegría. «Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete»16. Gozaos siempre en el Señor; otra vez os lo repito: ¡gozaos! A pesar de todos los errores personales; a pesar de las dificultades por las que atraviesa la sociedad civil, y más aún la sociedad eclesiástica; a pesar de las muchas barbaridades que ya conocemos, y que nos hacen sufrir tanto: estad alegres siempre, pero especialmente en estos tiempos. La humanidad no se puede perder, porque ha sido rescatada con la Sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo17. Él, hijos, no regatea ni una gota. Quizá haya ahora muchos que se pierdan, aunque podrían haberse salvado; pero todo se arreglará. Nuestro Dios es «el Padre de las misericordias, el Dios de toda consolación»18, y «poderoso es para hacer infinitamente más que todo lo que nosotros pedimos o pensamos, según el poder que actúa ya en nosotros»19. Jesucristo no puede fracasar, no ha fracasado. La Redención se está llevando a cabo también ahora, su divino poder no se ha empequeñecido.

Gaudete in Domino semper…! No os preocupéis, pase lo que pase en el mundo, suceda lo que suceda en la Iglesia. Pero sí ocupaos, haciendo todo el bien que podáis, defendiendo la hermosura y la realidad de nuestra fe católica, siempre alegres. Y ¿qué hemos de hacer para estar contentos? Os daré mi experiencia personal: primero, saber perdonar. Disculpar siempre, porque lo que quita la paz son pequeñeces de la soberbia. No pienses más en eso: perdona; lo que te han hecho, no es una injusticia: déjalo, olvídalo. Y después, aceptar la voluntad de Dios. Ver al Señor detrás de cada suceso. Con esta receta seréis felices, alegres, serenos.

Hijas e hijos míos, os quiero muy felices, gozosos en la esperanza20. Porque sabemos que el Señor al final tendrá misericordia de su Iglesia. Pero si esta situación se prolonga, habremos de recurrir mucho a ese remedio del perdón que os acabo de dar; un remedio que no es mío, porque perdonar es algo completamente sobrenatural, un don divino. Los hombres no saben ser clementes. Nosotros perdonamos en tanto en cuanto participamos de la vida de Dios, por medio de la vida interior, de la vocación, de la llamada divina, a la que procuramos corresponder en la medida de lo posible.

Ante las cosas tan tremendas que suceden, ¿qué hemos de hacer? ¿Enfadarnos? ¿Ponernos tristes? Hay que rezar, hijos. «Oportet semper orare et non deficere»21; hay que rezar continuamente, sin desfallecer. También cuando hemos tocado el violón, para que el Señor nos conceda su gracia, y volvamos al buen camino. Lo que no hay que hacer nunca es abandonar la lucha o nuestro puesto, porque hayamos tocado el violón* o lo podamos tocar. Querría daros la fortaleza, que en último término nace de la humildad, de saber que estamos hechos –os lo diré con la frase gráfica de siempre– de barro de la tierra; o, para subrayarlo más, de una pasta muy frágil: de barro de botijo.

Si procuráis tener ese trato divino y humano, de que os he hablado antes, con la trinidad de la tierra y con la Trinidad del Cielo, aun cuando alguna vez cometáis una tontería, y grande, sabréis poner el remedio con sinceridad, lealmente. Quizá después habrá que esperar a que se seque el lodo que se pegó a las alas, y emplear los medios –el pico, como los pájaros– hasta dejar de nuevo las plumas bien limpias. Y enseguida, con una experiencia que nos hace más decididos, más humildes, se recupera el vuelo con más alegría.

Por lo tanto, hijos de mi alma, ¡a luchar!, ¡a estar contentos! «Servite Domino in lætitia!»22, os vuelvo a encarecer. A pegar esta locura, a rezar por todo el mundo, a seguir con esta siembra de paz y de alegría, de amor mutuo, porque no queremos mal a nadie. Sabéis que es parte del espíritu del Opus Dei la prontitud para perdonar. Y os he recordado que, perdonando, también demostramos que tenemos un espíritu de Dios, porque la clemencia –repito– es una manifestación de la divinidad. Participando de la gracia del Señor, perdonamos a todos y les amamos. Pero también tenemos lengua, y hemos de hablar y escribir, cuando lo pide el honor de Dios y de su Iglesia, el bien de las almas.

Iterum dico, gaudete! De nuevo os insisto: que estéis contentos y serenos, aunque el panorama que presenta el mundo, y especialmente la Iglesia, esté lleno de sombras y de miserias. Obrad con rectitud de mente y de conducta; cumplid al pie de la letra las indicaciones que la Obra maternalmente os da, pensando sólo en vuestra felicidad temporal y eterna; sed humildes y sinceros; recomenzad con nuevo ímpetu, si alguna vez dais un tropiezo. Entonces la alegría será un fruto –el más hermoso– de vuestra vida de hijos de Dios, aun en medio de las mayores contradicciones. Porque el gozo interior, fruto de la Cruz, es un don cristiano, y especialmente de los hijos de Dios en el Opus Dei.

«Que el Dios de la esperanza os colme de toda suerte de gozo y de paz en vuestra fe, para que crezcáis siempre más y más en la esperanza, por la virtud del Espíritu Santo»23.

Notas
1

Is 9,2 y 6.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
2

In III Missa Nativ. (Allel.).

3

Lc 2,16.

4

Cfr. Sal 27(26),8.

5

1 Co 13,12.

6

Cfr. Sal 42(41),3.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
7

Præf. Nativ.

8

Flp 4,6-7.

9

Is 60,5.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
10

Is 60,2.

11

Cfr. Mt 25,7.

12

Symb. Athan.

13

Sal 27(26),4.

14

Jn 24,6.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
15

Sal 100(99),2.

16

Flp 4,4.

17

Cfr. 1 P 1,19.

18

2 Co 1,3.

19

Ef 3,20.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
20

Cfr. Rm 12,12.

21

Lc 18,1.

* «Hemos tocado el violón»: expresión coloquial que significa cometer una tontería, como dice más adelante; el DRAE (22ª ed., 2001) la define así: «Hablar u obrar fuera de propósito, o confundir las ideas por distracción o embobamiento» (N. del E.).

22

Sal 100(99),2.

23

Rm 15,13.

Referencias a la Sagrada Escritura