3. Con la docilidad del barro (3 de noviembre de 1955)

** El texto que presentamos fue pronunciado el 3 de noviembre de 1955, durante un día de retiro.


He encontrado unos viejos papeles, que me han servido muchas veces para hablar a vuestros hermanos que ahora son mayores. Y hay un texto del Apóstol a los de Corinto, en el que se lee: «Modicum fermentum totam massam corrumpit»1. ¿Veis? Una pequeña cantidad de levadura hace que fermente toda la masa.

¡Hijos de mi alma! Si dentro de esta gran masa de los hombres –nos interesan todas las almas–, si dentro de esta gran muchedumbre humana, el Opus Dei es un fermento, dentro del Opus Dei, por un amor de predilección del Señor, vosotros sois fermento, sois levadura. Estáis aquí mis hijos para que –con la ayuda de la gracia divina y de vuestra correspondencia– os preparéis para ser, en todos los lugares del mundo, la levadura que dé gracia, que dé sabor, ¡que dé volumen!, con el fin de que, luego, este pan de Cristo pueda alimentar a todas las gentes.

Y habéis venido decididos a dejaros formar, a dejaros preparar. Esa formación, mientras hará que vuestra personalidad –la de cada uno– se mejore con sus características particulares, os dará ese común denominador,esta sangre de nuestra familia sobrenatural, que es la misma para todos. Pero si hemos de lograr esto, tú, hijo mío –porque hablo para ti solo–, tienes que estar dispuesto a ponerte en manos de los Directores como se pone el barro en manos del alfarero. Y te dejarás hacer y deshacer, y cortar, y bruñir. Si hasta ahora no hubiera sido así, es éste el momento de rectificar, de decir al Señor que te abandonas en Él con la docilidad con que un pedazo de lodo deja hacer a los dedos del artesano.

Mientras yo hablo –Jesús nos preside desde el Sagrario, como presidía a los primeros Doce–, tú haces tu oración, y vas preparando unos propósitos concretos, que hagan realidad el gran propósito tuyo del amor. Hay momentos difíciles en la vida, en los que viene muy bien ese propósito concreto, aunque yo he repetido tantas veces que en muchas ocasiones no hacen falta. ¿Qué propósito concreto hacía mi madre para tratarme con tanto cariño? Me quería tanto, que no lo necesitaba. Pero a ti, ahora, te hace falta, y por eso te digo que hagas un propósito concreto: ¡Señor, con tu gracia, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, yo, que me encuentro aquí, en esta gran red, en esta gran barca del Opus Dei, dejaré que las manos de los Directores me moldeen, para hacerme hermoso en tu presencia, fuerte, recio, eficaz! Para tener, de veras, en toda la vida interior y en el trabajo externo, este bullir limpio, sobrenatural, de la sangre de familia.

¿Quién de vosotros no ha visto cómo se procede en una clínica, cuando hay que operar? El cuidado que se pone, la asepsia, la limpieza extraordinaria por parte de los médicos; esos mil detalles que muchos conoceréis mejor que yo. Pues debes dejar que hagan contigo lo mismo. Te quitarán la ropa, que estorba. Después, quizá te la devolverán, si va bien, tras de meterla en el autoclave para desinfectarla. Y más tarde, porque te quieren, quizá tendrán que coger el bisturí. Vas entonces a decirle a Jesús: «Sicut lutum in manu figuli!»2; como barro en manos del alfarero, así quiero estar en las manos de los Directores. Pongo todo mi empeño, toda mi pobre buena voluntad, para dejar que corten, que operen, que sanen, que me rehagan cuando haga falta.

Vamos a seguir ahora, hijos, con dos textos de la Sagrada Escritura: de San Lucas, uno; el otro de San Juan. El Señor entre barcas y redes halló a sus primeros discípulos, y muchas veces comparaba la labor de almas con las faenas pesqueras.

¿Te acuerdas de aquella pesca milagrosa, cuando se rompían las redes?3. En ocasiones, en la labor apostólica también se rompe la red por nuestra imperfección, y, aun cuando sea abundante, la pesca no es todo lo numerosa que podría ser.

A esa pesca apostólica, abierta a todas las almas, podríamos aplicar aquel texto de San Mateo, que habla de «una red barredera, que echada en el mar, allega todo género de peces»4, de cualquier tamaño y calidad, porque en sus mallas cabe todo lo que nada en las aguas del mar. Esa red no se rompe, hijo mío, porque no hemos sido ni tú ni yo, sino nuestra Madre buena, la Obra, la que se ha puesto a pescar.

Pero no quería hablarte ahora de esa pesca, ni de esa red inmensa. Deseo hacerte considerar más bien la que, en el capítulo XXI, cuenta San Juan: cuando Simón Pedro sacó a tierra, y puso a los pies de Jesús, una red «llena de ciento cincuenta y tres peces grandes»5. En esa red de peces grandes, escogidos, te metió Cristo con la gracia soberana de la vocación. Quizá una mirada de su Madre le conmovió hasta el extremo de concederte, por la mano inmaculada de la Santísima Virgen, ese don grandioso.

Hijos míos, mirad que todos estamos metidos en una misma red, y la red dentro de la barca, que es el Opus Dei, con su criterio maravilloso de humildad, de entrega, de trabajo, de amor. ¿No es hermoso esto, hijos míos? ¿Acaso tú lo has merecido?

Este es el momento de volver a decir: ¡me dejaré meter en la barca, me dejaré cortar, rajar, romper, pulir, comer! ¡Me entrego! ¡Díselo de veras! Porque luego resulta que, a veces, por tu soberbia, cuando se te hace una indicación que es para tu santidad, parece como si te rebelaras: porque tienes en más tu juicio propio –que no puede ser certero, porque nadie es buen juez en causa propia– que el juicio de los Directores; porque te molesta la indicación cariñosa de tus hermanos, cuando te hacen la corrección fraterna…

¡Que te entregues, que te des! Pero dile a Jesucristo: ¡tengo esta experiencia de la soberbia! ¡Señor, hazme humilde! Y Él te responderá: pues, para ser humilde, trátame, y así me conocerás y te conocerás. Cúmpleme esas Normas que Yo, a través de tu Fundador, te he dado. Cúmpleme esas Normas. Sé fiel a tu vida interior, sé alma de oración, sé alma de sacrificio. Y, a pesar de los pesares, que en esta vida no faltan, te haré feliz.

Hijo mío, sigue con tu oración personalísima, que no necesita del sonido de palabras. Y habla con el Señor así, cara a cara, tú y Él a solas. Lo contrario es muy cómodo. En el anonimato la gente se atreve a mil cosas que no osaría hacer a solas. Aquella persona encogida, cobarde, cuando está en medio de la multitud no se recata en coger un puñado de barro y arrojarlo. Yo deseo que tú, mi hijo, en la soledad de tu corazón –que es una soledad bien acompañada– te encares con tu Padre Dios y le digas: ¡me entrego!

¡Sé audaz, sé valiente, sé osado! Continúa con tu oración personal y comprométete: ¡Señor, ya no más! No más tardanzas, no más poner dificultades, no más resistencias a tu gracia; deseo ser esa buena levadura que haga fermentar toda la masa.

¿Quieres ahora que continuemos recordando estos pasajes de la Escritura Santa, que contemplemos a los Apóstoles entre las redes y las barcas, que compartamos sus afanes, que escuchemos la doctrina divina de los labios del mismo Cristo?

«Dijo a Simón: boga mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Replicó Simón: Maestro, toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido»6. Con estas palabras, los Apóstoles reconocen su impotencia: en una noche entera de trabajo no han podido pescar ni siquiera un pez. Y así tú, y así yo, pobres hombres, soberbios. Cuando queremos trabajar solos, haciendo nuestra voluntad, guiados por nuestro propio juicio, el fruto que conseguimos se llama infecundidad.

Pero hemos de seguir oyendo a Pedro: «No obstante, en tu nombre echaré la red»7. Y entonces, ¡llena, llena se manifiesta la mar, y han de venir las otras naves a ayudar, a recoger aquella cantidad de peces! ¿Lo ves? Si tú reconoces tu nulidad y tu ineficacia; si tú, en lugar de fiarte del propio juicio, te dejas guiar, no sólo te llenarás de maravillosos frutos, sino que, además, de la abundancia tuya tendrán también abundancia los otros. ¡Cuánto bien y cuánto mal puedes hacer! Bien, si eres humilde y te sabes entregar con alegría y con espíritu de sacrificio; bien para ti y para tus hermanos, para la Iglesia, para esta Madre buena, la Obra. Y cuánto mal, si te guías por tu soberbia. Tendrás que decir: «Nihil cepimus!»8, ¡nada he podido lograr!, en la noche, en plena oscuridad.

Hijo mío: tú, ahora, quizá eres joven. Por eso, yo tengo más cosas por las que pedir perdón al Señor, aunque tú también tendrás tus rincones, tus fracasos, tus experiencias… Dile a Jesús que quieres ser «como el barro en manos del alfarero»9, para recibir dócilmente, sin resistencias, esa formación que la Obra maternalmente te da.

Te veo con esta buena voluntad, te veo lleno de deseos de hacerte santo, pero quiero recordarte que, para ser santos, hemos de ser almas de doctrina, personas que han sabido dedicar el tiempo necesario, en los lugares precisos, para poner en su cabeza y en su corazón, en su vida toda, este bagaje del que se han de servir para continuar siendo, con Cristo y con los primeros Doce, pescadores de almas.

Recordando la miseria de que estamos hechos, teniendo en cuenta tantos fracasos por nuestra soberbia; ante la majestad de ese Dios, de Cristo pescador, hemos de decir lo mismo que San Pedro: «Señor, yo soy un pobre pecador»10. Y entonces, ahora a ti y a mí, como antes a Simón Pedro, Jesucristo nos repetirá lo que nos dijo hace tanto tiempo: «Desde ahora serás pescador de hombres»11, por mandato divino, con misión divina, con eficacia divina.

En este mar del mundo hay tantas almas, tantas, entre la turbulencia de las aguas. Pero oye estas palabras de Jeremías: «He aquí, dice el Señor, que yo enviaré a muchos pescadores –a vosotros y a mí– y pescaré esos peces»12, con celo por la salvación de todas las almas, con preocupación divina.

Vosotros, tú, mi hijo: ¿vas a entorpecer la labor de Jesús o la vas a facilitar? ¿Estás jugando con tu felicidad o quieres ser fiel y secundar la voluntad del Señor, y marchar con eficacia por todos los mares, pescador de hombres con misión divina? ¡Hala, hijo mío, a pescar!

Voy a acabar con las mismas palabras con que comencé: tú eres la levadura que hace fermentar toda la masa. Déjate preparar, no olvides que con la gracia de tu vocación y la entrega tuya, que es la correspondencia a esta gracia, bajo el manto de nuestra Madre Santa María, que siempre ha sabido protegerte bien entre las olas, bajo el manto y protección de nuestra Madre del Cielo, tú, pequeño fermento, pequeña levadura, sabrás hacer que toda la masa de los hombres fermente, y sufrirás aquellas ansias que me hacían escribir: omnes –¡todos: que ni una sola alma se pierda!–, omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!

Notas
1

1 Co 5,6.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas

2

Jr 18,6.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
3

Cfr. Lc 5,6.

4

Mt 13,47.

5

Jn 21,11.

Referencias a la Sagrada Escritura
Notas
6

Lc 5,4-5.

7

Lc 5,5.

8

Lc 5,5.

9

Jr 18,6.

10

Lc 5,8.

11

Lc 5,10.

12

Jr 16,16.

Referencias a la Sagrada Escritura